El día que probamos a autochuparnos el coño
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
Empezó como una broma viendo vídeos en la cama. Terminó con las dos dobladas sobre el colchón, intentando algo que jamás creímos posible.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Cuando el técnico arregló mi computadora creí que todo había terminado. No sabía que ya conocía a Marina, mi secreto mejor guardado, y pensaba usarlo en mi contra.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Llegó deshecho en lágrimas porque su novia lo había dejado justo ese día. Su madre solo quería consolarlo. Ninguna de las dos imaginó hasta dónde llegarían.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Al otro lado de la pared, los gemidos de su madre no lo dejaban dormir. Y cuando ella lo llamó a su cuarto al día siguiente, Bruno supo que nada volvería a ser como antes.
«Si eres un niño bueno tendrás premio», me dijo antes de salir. No imaginé que el premio sería compartido, ni que mi madre disfrutaría tanto mirando.
Nadia llevaba años sola, entrenando para no pensar. Su sobrino era el único que la miraba como mujer, y aquella tarde de resaca los dos dejaron de fingir.
Cuando bajé del coche vestida de marinera, los seis amigos de mis hermanos silbaron sin saber todavía cuál era mi secreto ni lo que estaba a punto de hacer por el festejado.
En las duchas del instituto miraba siempre a escondidas. Esa tarde, volviendo del entrenamiento, Mateo me hizo la pregunta que llevaba años esperando.