El día que mi novio dejó de respetar mi no
Me prometió que solo se rozaría un poco. Me relajé, confié en él, y ese fue el error que no debí cometer esa noche en su cama.
Me prometió que solo se rozaría un poco. Me relajé, confié en él, y ese fue el error que no debí cometer esa noche en su cama.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Habían montado la pantalla, servido la sidra y aguantado los murmullos. Solos al fin en la plaza desierta, solo quedaba una cosa por hacer: subir a la buhardilla.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Cuando mi madre encontró las manchas en mi ropa creyó lo peor. No sabía que Marco no me lastimaba: me ayudaba a dejar de tener miedo de ser quien soy.
Pensé que lo más difícil del regreso sería la pancarta de la entrada del pueblo. Me equivoqué: lo difícil fue la mesa, cuando empezamos a decir la verdad.
Eneko se rompió esa noche, así que Unai hizo lo único que sabía calmarlo: lo llevó a la cama donde Mikel y Asier ya esperaban despiertos.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Las nueve y media de la mañana, una hoja de Excel a medio corregir y, de pronto, el cuerpo desnudo de su novio rozándole la nuca. Trabajar iba a ser imposible.
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.
Contamos hasta tres y nos quitamos el bañador delante de todos. Lo que no sabía era que ella había guardado una llave en su collar para el resto del día.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Entró al dormitorio y encontró los cajones vacíos de encaje y llenos de ropa de hombre. Esa noche supo que ya no decidía nada por sí misma.
Cuando se miró al espejo ya no se reconoció: peluca rubia, corsé rojo, tacones. Y ella, fumando en el sofá, lo esperaba con una sonrisa que jamás le había visto.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Cuando cerramos la puerta del dormitorio, dejamos de ser la pareja correcta que todos conocen. Ahí dentro no hay límites, solo los que ponemos para romperlos.
Llevábamos dos semanas sin tocarnos. Esa tarde, con la casa por fin vacía, descubrí que el olor de su cuerpo dormido podía convertirme en otra mujer.
La noche que lo esperé con la blusa entreabierta, supe que ya no era la misma mujer: me había rehecho entera para encender el deseo de un solo hombre.