La vecina, el trío y mi matrimonio abierto
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Volví a casa a media mañana sin avisar y la encontré recién llegada de la playa, con la arena todavía pegada a la piel y una sonrisa que no era de hermana.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Vine a descansar a una isla de lujo con mi hijo adolescente. No imaginaba que sería él quien no me dejaría dormir esa noche de tormenta.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.
Camila y yo aceptamos la invitación sin imaginar que detrás de esa puerta vivía una familia donde todos compartían bastante más que la mesa del comedor.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.
Cruzó las piernas en la barra, se mordió los labios y dejó que el vestido subiera lo justo. Sabía que él bajaría a buscarla, y sabía bien qué iba a darle.
Solo quería dormir, pero la rendija de la puerta dejaba pasar la luz, y la risa baja de mi madre me detuvo en seco antes de llegar a la mía.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.