El juego que le propuse a mi esposa con su jefe
Le pedí que se vistiera para provocar y, al cuarto día, volvió a casa con la voz temblando y una historia que no podía contarme con la ropa puesta.
Le pedí que se vistiera para provocar y, al cuarto día, volvió a casa con la voz temblando y una historia que no podía contarme con la ropa puesta.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Subieron al segundo piso con una bandeja de pasteles. Ninguna imaginó que esa tarde aprenderían cuánto deseo llevaba durmiendo entre las tres.
Llevaba semanas imaginándolo. Aquella madrugada abrí el portón, di un paso al asfalto y supe que ya no iba a parar hasta que alguien me viera.
Me prometí que sería solo una visita rápida al barrio. Cuando desperté en la madrugada, ella seguía a mi lado impecable, pero algo había cambiado para siempre.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Acepté el cuarto que me alquiló sin sospechar nada. Tres semanas después yo ya planeaba mi nueva vida con él, mientras mi marido seguía llamándome cada noche.
Aparté la cortina con miedo, pensando que eran ladrones. Lo que vi en el patio me dejó sin aire y con la mano temblando entre las piernas.
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
Cuando se bajó el bóxer sin pedirme que saliera del cuarto, supe que la tarde había dejado de tratarse de ropa deportiva.
Cuando abrí los ojos, su brazo descansaba sobre mi pecho y la cama improvisada todavía olía a la noche anterior. Iba a irme pronto, se lo había prometido a mi marido.
Era la única del club que cobraba por dominar a los hombres. Hasta que un cliente rico se sentó a su lado y, en vez de desnudarla, solo quiso escucharla hasta el amanecer.
Frené en el semáforo solo por curiosidad. Una hora después estaba boca arriba, pidiéndole despacio, descubriendo un lado mío que llevaba años fingiendo que no existía.
Cuando me mudé a la capital pensé que solo iba a buscar trabajo. Mi compañero me enseñó algo distinto: que los hombres miran lo que no deberían, y que basta un gesto para confirmarlo.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
Eran casi las once cuando el ascensor me dejó frente al estacionamiento vacío. No pensé que esas llaves me costarían tan caro, y tan barato a la vez.
Mandé a casa a mi secretaria, subí la calefacción y me dejé solo la americana sobre el sujetador transparente. Quería que Mariela viera todo lo que llevaba semanas buscando.
Su mujer salía de viaje al día siguiente y yo todavía dormía sobre un colchón en el suelo. Cuando tocó el timbre con la caja de herramientas, supe que algo iba a pasar.