Su prima le propuso algo prohibido una tarde de agosto
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Llevábamos meses intercambiando fotos y audios que su esposa jamás vería. Cuando por fin nos encontramos, todo lo que habíamos imaginado se volvió real.
Fui a la fiesta de Andrea con los nervios a flor de piel. No esperaba encontrar a su madre: una mujer madura de cuerpo perfecto y mirada de fuego que me atrapó desde el primer segundo.
Tenía veintitantos años, era negro como el azabache y tenía las manos enormes. Yo llevaba un camisón de seda. Alguien iba a cometer un error esa mañana.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Valeria llevaba minifalda sin ropa interior. Los hombres dormidos en la calle la miraban sin disimulo. Yo observaba desde el baúl de la camioneta, completamente excitado.
Los dos teníamos pareja. Los dos sabíamos que cruzábamos una línea. Y aun así, cada noche volvíamos al chat para decirnos todo lo que no podíamos hacer.
La excusa fue una app de pilates y su salón vacío. Lo que pasó después no estaba en ningún ejercicio del programa.
Cuando lo vi entrar sin atreverse a levantar la vista, pensé que sería una consulta más. No lo fue. Lo que encontré bajo esa bata me quitó el sueño durante días.
Cuando me quedé sin un peso para pagar la renta, Lorenzo tocó mi puerta a las diez en punto. Nunca había estado con un hombre hasta esa noche.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
Carmen apareció en mi ventana como si esperara ese momento. No se fue. Me hizo bajar. Lo que vino después no fue lo que ninguno de los dos imaginaba.
Marcos firmó el contrato sin leerlo. Cuando lo encerraron bajo el váter del Club Ónix, ya era demasiado tarde para arrepentirse.
Cuando Carmen se fue al trabajo, la casa quedó en silencio. No duró mucho. Sofía me llamó desde su cuarto con una sonrisa que no era del todo inocente.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
Rodrigo la sostenía de las caderas durante el ejercicio y ella fingía no notar su erección. Cuando encontró sus bragas en su cuarto, ya no pudo ignorar lo que ocurría.
Cuando el trono pasó frente a mí, nuestras miradas se cruzaron un segundo. Fue suficiente para que esa noche acabara de una manera que jamás hubiera imaginado.
Para el mundo éramos dos amigos en el bar. Solo yo sabía que llevaba un colaless negro debajo del jogger, y que él lo sabía también.