Mi cuñada me encontró con sus bragas en la mano
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.
Cuando sentí ese bulto contra mis dedos en el sofá del balcón, supe que la noche no iba a terminar como la había imaginado. Y, lo más raro, no quise frenar.
Respondí un anuncio sin pensarlo demasiado. A las dos horas tenía su número, y antes de que cayera la noche el citófono ya estaba sonando.
Cuando Damián me ofreció el cuerpo de su modelo, supe que la cuenta iba a llegar. Y llegó, sobre su cama, con las muñecas atadas a la espalda.
Mi jefe me lo presentó entre risas, como si fuera un chiste interno. Siete días después, ese hombre me tenía inclinado sobre mi propio escritorio.
Tres semanas mirándolo descargar cemento desde mi ventana antes de invitarlo. Llegó un sábado a las tres, con el pelo mojado y la camisa recién planchada.
Era grande, calloso, de manos que hacían el trabajo pesado sin quejarse nunca. No era el hombre que yo habría imaginado. Pero aquella tarde de nieve, algo se rompió.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
Me mandó a negociar con un proveedor que no existía. Cuando abrió la puerta de la sala, entendí cuál era su fetiche: hacerlo rodeados de extraños.
Diego me miró antes de apagar el motor. Sabíamos los dos lo que significaba si le invitaba a subir. Aun así, abrí la puerta del coche.
Andrés completó el tercer vídeo aunque le generó rechazo. Eso era exactamente lo que Vera necesitaba ver en sus sujetos: obediencia cuando el cuerpo se niega.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.
Los hermanos me rodearon en el establo y me contaron lo que nadie del pueblo sabía. Su hermana era de todos. El padre daba la orden. Y yo tenía dieciocho años y ojos muy abiertos.
Anudó las cuerdas a sus muñecas y avanzó hacia el fango sin saber que alguien la observaba desde la espesura, con un cuchillo bien afilado en la mano.
Estaba sola en mi habitación cuando escuché la puerta abrirse. No había llamado. No había avisado. Y yo llevaba puesto muy poco.
Silvia cabalgaba sobre mí cuando vi la figura en el umbral. Mi padre. Desnudo. Mirándola fijamente, con una mano en movimiento que no dejaba lugar a dudas.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Me vestí más provocativa de lo necesario para ir a comprar pan. Lo supe al mirarme al espejo: no iba a la panadería por pan, iba por él.