Las noches de encierro que despertaron mi lado oculto
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Me prometí no extrañarlo nunca más. Entonces, ¿por qué esta noche tengo la mano entre las piernas y su nombre atascado en la garganta?
Mi compañera dormía cuando él tocó la puerta con un ramo de fresias. Yo abrí en sweater y descalza. Esa noche me prometí no dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.
El cajón se atascaba por culpa de un cuaderno manuscrito. Dentro estaban escritas las páginas más íntimas de un desconocido y su amante de ocho años.
Tenía dieciséis años, la casa en silencio y una palabra anotada en el margen del cuaderno desde hacía meses. Esa noche, por fin, cerré la puerta con llave.
Su camisón blanco con flores de lavanda apenas le cubría los muslos, y yo sabía que esa noche iba a desabotonarlo todo, botón por botón, en silencio.
Nunca pensé que una escena del juego encendería algo entre los dos, ni que esa misma tarde tendría su sabor en la boca y su nombre repitiéndose dentro de mi cabeza.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Tenía diecinueve años y nunca me había atrevido a explorarme. Aquella tarde, con la casa en silencio, decidí imitar lo que veía en la pantalla.
A los sesenta y cuatro creía que esa parte de mí estaba apagada para siempre. Bastó una conversación telefónica y una zanahoria para demostrarme lo equivocada que estaba.
Las dejé junto a la lavadora como una prenda más, pero en cuanto las acerqué a la nariz supe que esa mujer lo había planeado todo desde el principio.
Hace meses que duermo solo. Pero cuando el insomnio aprieta, vuelvo a tenerla encima de mí, gimiendo mi nombre como antes de que todo se rompiera.
Eran las diez de la mañana, estaba sola en casa y solo podía pensar en sus manos. Hoy, al fin, estaríamos a solas y necesitaba calmar lo que él había despertado en mí.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.
Entré a la ducha para quitarme el cansancio del día y terminé sentada en el suelo, con el chorro entre las piernas, llamándote en voz baja.
Apago la lámpara, cierro los ojos y dejo que su voz al otro lado de la pared marque el ritmo de mi mano. Ya no es mía, pero todavía me corro pensando en ella.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.