Mi primera vez en el auto de un hombre maduro
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.
El rumor recorrió la panadería como pólvora: Espiguita había vuelto. Y el único hombre que la conoció de verdad sintió el pasado caerle encima.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Me acosté desnuda creyendo que solo quería dormir. Tres horas después seguía descubriendo cuánto placer era capaz de darme yo misma.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Habíamos crecido durmiendo en cuartos contiguos, hasta que una noche un sonido al otro lado de la pared me hizo entender que ya no la miraba como a una hermana.
Nunca me gustaron los peluches como regalo. Hasta el fin de semana en que me quedé sola en casa y entendí para qué servía de verdad el que me dejó mi ex.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Llegué cuarenta minutos antes de tiempo, apagué el motor en el parqueo subterráneo y entonces el olor de esa madrugada volvió a mí como una corriente.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Tardó dos días en llegar y en esos dos días no pensé en otra cosa. Cuando por fin abrí la caja, supe que esa noche iba a conocerme de una forma nueva.