La noche que descubrí lo que mi cuerpo podía hacer
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
Puse una toalla sobre la cama por si acaso, abrí las piernas y seguí las instrucciones del video. Media hora después entendí que mi cuerpo guardaba un secreto.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Estoy desnuda sobre la alfombra, frente al espejo, todavía temblando del último orgasmo. Y entonces decido reproducir lo que acabo de grabar de mí misma.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Siempre habíamos sido los más cercanos de la familia. Lo que nunca imaginé fue que un fin de semana de vinos lo cambiaría todo entre nosotros.
Apagué la luz y, al acomodarme, sentí un bulto bajo las sábanas: era el short que le había prestado. Lo acerqué a la cara sin pensar y mi cuerpo entendió antes que mi cabeza.
Crecí escuchándola a través de la pared, odiando a cada hombre que pasaba por su cama. Esa madrugada, con la casa en silencio y la selección en la tele, fue ella quien acortó la distancia.
Cuando se torció el tobillo, mi tía no buscó otra silla: se sentó directamente sobre mis rodillas, delante de toda la familia, y empezó a moverse despacio.
A los diez años mi madre entendió antes que yo quién era. Veinte años después miro mi cuerpo en el espejo y por fin reconozco a la mujer que siempre fui.
Llevaba semanas eligiendo el vestido, el perfume, la lencería. Esa noche él cruzaría la puerta y por fin me vería como siempre soñé que me viera.
Vivo desnuda en este departamento donde nadie nos conoce, esperando que mi hijo vuelva cada noche. Después de él no habrá otro hombre, y lo supe desde el primer día.
Lo primero que recuerdo de aquel verano son las manos agrietadas del cuidador y los ojos de la chica del flequillo. Lo último, lo que vi entre los árboles antes del amanecer.
Tenía dieciocho años y nunca había estado con una mujer. Lo último que esperaba era que mi primera vez llegara con la empleada que entró a limpiar mi habitación.
Pensé que era una cena entre viejos amigos. No imaginé que el secreto que mi marido guardaba desde el colegio terminaría con los tres en la misma cama.