La cantante que nunca olvidé entre mis sábanas
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
No había pareja, no había prisa. Solo yo, la oscuridad y los gemidos de una cantante que desde los noventa nunca dejó de hacerme sentir algo.
Vi a mi ex besándose con otro en el bar. Esa noche crucé una línea que nunca había cruzado, y que me llevó a pasar meses cobrando por dar placer a desconocidos.
Hace seis años entré al cuarto de mi hermano mayor una noche de agosto. No fui a hablar. Sabía exactamente lo que quería hacer.
Entró al aula caminando despacio, con la cara pálida y un gesto de dolor al sentarse que no podía disimular. Tardé días en sacarle la verdad.
Llevábamos cinco años compartiendo despacho. Esa noche, con la tercera copa de vino, Andrés dejó escapar una frase que lo cambió todo entre nosotros.
Cuando Lucía se sentó a mi lado y se le puso la cara blanca, supe que la excusa de la gripe no alcanzaba. Lo que me contó esa tarde todavía me duele.
Lo vi entrar de espaldas y supe que era él antes de que se girara. Diez años después, y todavía sentía ese mismo calor en el estómago.
Viajábamos juntos pero dormíamos separados. Yo era demasiado cobarde para cruzar ese pasillo. Hasta que ella tocó mi puerta.
Sabía que era el padre de mi amiga. Sabía que era una locura. Pero mis pies me llevaron igual, kilómetro tras kilómetro, hasta su puerta.
Hace años que no tengo pareja. Decidí revisar viejos vídeos en lugar de scrollear. No esperaba que ella todavía me afectara tanto.
No lo hice por el dinero. Lo hice porque me daba todo igual. Verla feliz con otro en ese bar fue el detonador de una época que no debería haber vivido.
El pasillo estaba oscuro cuando me decidí a empujar su puerta. Sabía lo que significaba entrar. Y entré igual.
Tenía 18 años, era tan tímido que jamás había tocado a una mujer. Lo que empezó como clases de repaso terminó siendo mi verdadera iniciación.
Cuando llegó a mi puerta creyendo que vendría a ayudarme, yo ya tenía todo planeado. Tenía veinte años y la ingenuidad de quien no sabe lo que le espera.
Nunca imaginé que mi compañero guardara los mismos secretos que yo. Lo descubrimos esa noche, con el bar casi vacío y demasiado vino en las copas.
Cuando Valeria se calzó las sandalias doradas y me miró de esa manera, supe que ese día no iba a irme solo con un reloj.
Entré en aquel bar del malecón buscando mariscos y terminé pactando quince días con una desconocida. Tres años después, todavía no se lo he contado a nadie.
Durante tres años vendí mi cuerpo por dinero. Lo que voy a contar no lo saben ni mis amigos más cercanos. Algunos clientes no eran clientes: eran depredadores.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.