Mi primera vez fue con mi mejor amigo en la feria
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Juro que es una historia real, de esas que no se cuentan en voz alta. Apareció entre los setos casi desnuda, me pidió fuego y todo lo demás vino solo.
Las dóminas los estrujan, anillan, queman. Nosotras apenas lamemos. La primera vez que miré unos de cerca fue en un piso de estudiantes, mucho antes de arrodillarme ante nadie.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Nunca imaginé que un domingo cualquiera en el río terminaría conmigo de rodillas sobre el pasto, entregada a él y suplicando que no parara nunca.
Lo guardé más de una década. Todo empezó por un par de medias blancas y terminó en un auto, a las dos de la mañana, con la última persona con la que debía meterme.
Habíamos quedado para intercambiar unas fotos. Lo que ninguno de los dos dijo en voz alta era que ese reencuentro llevaba meses esperando a ocurrir.
Aquella tarde, con la casa en silencio, un roce accidental me reveló un lenguaje que mi cuerpo hablaba y que yo todavía no sabía leer.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Marisol estaba sentada en el borde de la cama con el bebé al pecho, completamente desnuda, cuando empujé la puerta. La leche le caía sola y ella no me pidió que me fuera.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
En la primaria me quería más de lo que yo era capaz de devolverle. Veinte años después, su voz al teléfono sonaba igual, y a mí me temblaron las manos.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.