La sed que me llevó al cuarto de mi hermano
Tenía diecisiete años y el calor no me dejaba dormir. Entré a su cuarto en busca de agua y encontré algo que jamás olvidaré.
Tenía diecisiete años y el calor no me dejaba dormir. Entré a su cuarto en busca de agua y encontré algo que jamás olvidaré.
Teníamos 19 años cuando Laura decidió enseñarnos a besar. Lo que empezó como un juego inocente nos llevó mucho más lejos de lo que cualquiera imaginaba.
Tenía quince años cuando las sorprendí la primera vez. Hoy, con veintidós, ya no puedo mirar esos recuerdos de la misma manera.
Era el novio de mi mejor amiga: guapo, tímido, religioso. Demasiado perfecto para que yo no hiciera algo al respecto.
Llegué a esa quinta recién separada, sin muchas expectativas. Volví con recuerdos que tardaron meses en dejar de volver solos a mi cabeza.
Empezó en el patio de la universidad, cuando un puñetazo me dejó sin aliento y sentí algo más que dolor. Desde entonces no pude dejar de buscarlo.
Habían prometido que no volvería a pasar. Pero cuando Marcos cruzó la sala y sus miradas se encontraron, la promesa duró exactamente tres segundos.
Viajaba sola, con ese vestido que siempre me da problemas. Él se sentó a mi lado en el bus y supe desde el primer momento que ese viaje no iba a terminar como había planeado.
Tenía diecinueve años y llevaba semanas provocándolo a propósito. No me arrepiento de nada.
Cuando nos detuvieron en la oscuridad, solo pensaba en escapar. No imaginé que horas después estaría deseando que no terminara.
Nadie había tocado mi cuerpo así. Cuando sus manos rodearon mi cintura, el libro de texto dejó de existir y empezó otra cosa completamente distinta.
Entre los arbustos del río, Marcos descubrió que su vecina no era quien parecía. Ni él tampoco.
Me puse el vestido más ajustado que tenía y lo esperé en la terminal. Siete días sin él y mi cuerpo pedía a gritos que volviera.
Fue al río a pescar y encontró algo entre los arbustos que no esperaba ver: su vecina y un desconocido. No se movió. No dijo nada. Solo miró.
Éramos cinco en el piso, hacía frío y alguien puso un disco equivocado. Esa tarde aprendí que las apuestas estúpidas a veces son las que mejor se pierden.
La primera vez tenía quince años. Llegué antes a casa y encontré a las dos en el cuarto. Sandra boca abajo en la cama, mamá masajeándole la espalda. Las dos reían bajito.
Cuatro años en el mismo despacho sin saber quiénes éramos el uno para el otro. El día que lo descubrimos, todo cambió.
Tenía dieciséis años y el trabajo de historia a medias cuando Rodrigo me miró el escote por primera vez. No imaginé que tardaría una década en cobrarlo.
Cuando Sofía apoyó el cuerpo en la silla y vi cómo se le torció la cara de dolor, supe que la gripe era mentira y que lo ocurrido era mucho peor de lo que imaginaba.
Llevaba semanas preparando ese viaje para poner distancia entre los dos. Pero él apareció en mi puerta antes de que pudiera escapar.