Me colé por la ventana de la casa de sus padres
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Aparqué a tres calles, trepé hasta el alféizar y entré en la habitación donde dormía con su marido. Solo le puse un dedo en los labios.
Volvía al arroyo seco cada vez que podía sin decírmelo. Él nunca hablaba más que dos palabras, y yo me arrodillaba como si ya no fuera dueño de mis rodillas.
Daniela había desaparecido sin dejarme un número. Yo seguía contando los días cuando la vi en la cafetería, sonriéndole a él como nunca me sonrió a mí.
Llevaba seis meses arrendando una pieza en aquella casa, charlando de noche con una copa de vino en la mano, hasta que una tarde ella me pidió un favor que no debía pedirme jamás.
Cerraba la regadera para cubrirme de espuma e imaginaba que alguien me miraba desnuda desde la ventana. Así descubrí lo que me encendía por dentro.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
Sentí su mano al saludarme y fue como una descarga. Le ofrecí llevarla y, en ese camino de tierra, descubrí algo que llevaba años negándome a mí mismo.
Nunca pensé que un avatar en un videojuego me iba a devolver las ganas de desear a otra mujer, ni que ese deseo se quedaría conmigo mucho después de apagar la consola.
Vera se acercó antes del combate, le rozó la mejilla y le habló de Dafne. En esa pista Renata no solo se jugaba el pase olímpico: se jugaba el derecho a volver a sentir.
Cuando subí a saludarlo no sabía que aún olía a él, que su cama deshecha bastaría para que olvidara a mi pareja y al sentido común.
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Aquella mañana me rasuré las piernas, me puse las plataformas blancas y salí del auto sabiendo que toda la gente de la calle me iba a mirar. Y vaya que me miraron.
Eran las dos de la mañana, estaba aburrida y caliente, y bajé al lobby del juego sin esperar nada. Entonces vi su avatar inclinarse hacia el mío.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
«Qué linda colita», dijo a mi espalda. No me di vuelta enseguida. Esa voz no podía ser la suya, no después de cuatro años de silencio.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Lo esperé desnudo bajo una bata, sentado en el sillón, oyendo cómo se acercaba su carro. Cuando abrió la puerta, supe que ya no había vuelta atrás.
Cada tarde fingía cualquier excusa para entrar en su cuarto mientras se desnudaba. Lo que jamás imaginé es que aquel juego nos llevaría a su cama esa misma noche.
Me bajé del tren en lencería bajo el jean, el corazón a mil. Él me esperaba en la esquina, transpirado, y yo iba a animarme a algo que llevaba años imaginando frente al espejo.