Mi viejo amante me reconoció en una terraza
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
Lo había enterrado bajo años de oposiciones y rutina, pero bastó que pronunciara mi nombre desde el otro lado de la barra para que mi cuerpo recordara lo que mi cabeza quería olvidar.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Cinco años después la vi empujando un carrito con una niña dentro. Bajó la mirada y salió corriendo. Ninguno de los dos quería recordar lo que grabamos juntos.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Llevaba meses imaginando sus manos, su perfume, su voz. Nunca pensó que una tormenta bastaría para que dejaran de fingir que no se deseaban.
Desperté con el olor a café y supe que esos dos días encerrados con ella, mientras llovía afuera, iban a quedarse grabados en mí para siempre.
Cuando me dijo que hacía años que no disfrutaba del sexo, lo normal habría sido despedirme. En cambio acerqué la mano a su pierna y ella no la apartó.
Llevábamos treinta años cruzándonos por casualidad. Aquella tarde de lluvia, en la cola de la farmacia, ella me miró distinto. Y yo también.
Llegaron al rancho buscando un colchón donde pasar la noche. Lo que no esperaban era el relato que los dos hermanos guardaban desde hacía años, ni las ganas con que se lo iban a contar.
Lo había odiado durante años, pero al verlo sentado en aquel café lo único que sintió fue calor entre las piernas y unas ganas que creía enterradas para siempre.
La conocí en un bar de mala muerte y, a los treinta, creía saberlo todo sobre el sexo. Esa señora me demostró en una sola noche que no sabía nada.
Subió al vagón pasada la medianoche, se sentó frente a mí y empezó a contarme cosas que nadie debería confesarle a un desconocido en la oscuridad.
Habían pasado doce meses desde la última vez. Doblé una esquina del centro y choqué con ella: el mismo perfume, la misma mirada, las mismas ganas que creí olvidadas.
Nadie contestó al telefonillo, pero la puerta se abrió igual. Ahí entendí que ya no había marcha atrás y que aquel hombre iba a hacer conmigo lo que quisiera.
Me tumbé desnudo bajo el último sol de septiembre, ofreciendo mi cuerpo a quien quisiera mirarlo. Entonces apareció el único hombre que pensé que no volvería a ver.
Treinta y tres años, un cuerpo de atleta y un secreto que llevaba media vida ahogando. Hasta que aquel chico cruzó la puerta de su tienda y lo miró sin miedo.
Habían montado la pantalla, servido la sidra y aguantado los murmullos. Solos al fin en la plaza desierta, solo quedaba una cosa por hacer: subir a la buhardilla.
Pensé que lo más difícil del regreso sería la pancarta de la entrada del pueblo. Me equivoqué: lo difícil fue la mesa, cuando empezamos a decir la verdad.
Se quedó en mi sofá un par de semanas, cortés y distante, hasta que una tarde dejó caer la frase que despertó todo lo que enterramos en aquellos veranos.
Lo apresaron robando comida en plena noche; cuando le obligaron a alzar el rostro bajo la melena enmarañada, el patricio reconoció unos ojos que creía perdidos para siempre.