Visité a mi amigo y su madre me recibió a solas
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Frené la bicicleta frente a la casa de Andrés sin saber que su madre me esperaba en el umbral, y que aquella tarde sin nadie cambiaría todo entre nosotros.
Cuando el aguacero inundó la ciudad, todos terminaron en mi casa. No imaginé que esa noche volvería a sentir a Damián dentro de mí, ni que no estaríamos solos.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
La llamada llegó un sábado al anochecer. Sus padres estaban de viaje y su voz al teléfono temblaba un poco. Supe entonces que la noche no iba a terminar temprano.
Marisol estaba sentada en el borde de la cama con el bebé al pecho, completamente desnuda, cuando empujé la puerta. La leche le caía sola y ella no me pidió que me fuera.
Estaba seguro de que nadie podía hipnotizarlo. Se sentó en el sillón con una sonrisa de suficiencia, sin sospechar que esa mujer ya había decidido en quién iba a convertirlo.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
En la primaria me quería más de lo que yo era capaz de devolverle. Veinte años después, su voz al teléfono sonaba igual, y a mí me temblaron las manos.
Hay cosas que nunca dije en voz alta. Esta es una de ellas: lo que mi prima planeó conmigo aquel enero, sin que yo me diera cuenta hasta que ya era tarde.
Bajé del colectivo con la cabeza llena de clases y el cuerpo lleno de otra cosa. Veinte minutos más tarde estaba en el auto de un desconocido, aprendiendo lo que nunca me animé a preguntar.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.
Lo conocía desde la secundaria como el más macho del salón. Anoche me vio convertida en otra y, al día siguiente, su mensaje no dejaba lugar a dudas.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.