Descalza por el campus, sabía que todos la observaban
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Leí el nombre en la etiqueta del cadáver y el corazón me dio un vuelco: era ella, la misma que me había humillado durante seis años. Y ahora estaba quieta, a mi merced.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Habían pasado ocho años desde aquel viaje en micro, pero apenas lo vi parado frente a la terminal supe que esa noche no llegaría a cenar a mi casa.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Nadó hacia mí sin dejar de mirarme y, en el agua tibia del atardecer, comprendí que aquello que sentíamos de chicos nunca se había ido del todo.
Tenía el corazón acelerado y la sábana empapada a los siete grados de la madrugada. El problema no era el frío: era con quién había soñado.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Esta mañana, mientras esperaba el café, volví a verme de rodillas sobre el piso recién lustrado, con las piernas dormidas y la mirada baja, aguardando una sola orden suya.
Nadie me toca desde hace años. Solo mis manos repiten lo que él me enseñó: el pellizco, el azote, la orden silenciosa de no correrme hasta suplicar.
Lo había pedido mil veces sin creer que lo haría. Esa noche, con las cuerdas tensas y su voz al oído, entendí que no había vuelta atrás.
Pegada a la pared del salón escuché cómo mi padre me vendía otra vez. Esa noche dejé de ser una moneda de cambio y tomé la última decisión que me quedaba.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Mis pacientes me cuentan sus secretos y yo asiento como si los míos no fueran peores. Hoy, por primera vez, voy a contarte la verdad sobre mí.