La orgía que mis amigas me ocultaron por años
A los cuarenta y cinco, ocho años sin tocar a un hombre, Inés creía haberlo visto todo. Hasta que sus dos amigas más recatadas llegaron llorando con la verdad.
A los cuarenta y cinco, ocho años sin tocar a un hombre, Inés creía haberlo visto todo. Hasta que sus dos amigas más recatadas llegaron llorando con la verdad.
Cuando le pregunté qué la encendía de verdad, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a contarme una noche que nunca le había confesado a nadie.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
Cuando pasé frente al baño entreabierto y la vi desnuda de espaldas, supe que esa noche en mi casa no iba a terminar como dos viejas conocidas tomando el té.
Cuando subí a su coche aquel viernes, supe que ya no íbamos a hablar de mi futuro. Había otra cosa entre nosotras, y las dos llevábamos semanas fingiendo que no.
Abrí el baúl sin saber que dentro me esperaba el secreto de otra mujer: su lencería, su diario y la prueba de que ella también amó a alguien que no debía.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Habíamos sido el primer amor el uno del otro. Diez años después ella volvía al pueblo, y yo aún no sabía que esa noche aprendería a odiar la sonrisa fácil de mi mejor amigo.
Salí mojado de la ducha pensando que era mi madre quien tocaba el timbre. Pero al abrir la puerta estaba ella, la única mujer que nunca pude sacarme de la cabeza.
Llegué a terapia hecha pedazos. La única forma de entender cómo lo perdí era volver a esa noche en que fui suya por completo, sin saber que sería la última.
Hacía casi treinta años que la conocía. Fue mi novia, mi amor imposible, la madrina de mi hija. Esa noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer.
«Vino a ver a su novio, el doctor», le dijo la recepcionista. Damián no tenía novia. Pero cuando ella describió el sonrojo de la visitante, supo exactamente quién lo esperaba dentro.