Un día cualquiera con mi esposa trans
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Tres días sin dormir, un contrato de nueve millones a punto de caerse, y entonces ella cerró su tablet, se puso de pie y dijo que sabía cómo convencerlos.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.
Cuando me dijo que su madre fue una tonta por dejarme, yo todavía pensaba que era un cumplido inofensivo. Cinco minutos después la estaba besando.
Entré a esa habitación creyéndome la dueña de la situación. Salí de ahí sabiendo exactamente a quién le debía el silencio.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Renata cruzó las piernas sobre el sillón del despacho y, sin que nadie la viera, me dejó claro con una sola mirada que esa tarde ya no íbamos a hablar de expedientes.
Te juro que cuando subí al avión solo pensaba en cerrar el negocio. No imaginé que esa noche me iba a perder a mí misma y a nosotros.