El patrón del fundo me hizo suplicar por el puesto
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Debía dos meses de arriendo y tenía el gas cortado. Cuando el patrón me preguntó qué estaría dispuesta a hacer por el trabajo, supe que mi respuesta lo cambiaría todo.
Esa noche dejé a mis hijos dormidos, me vestí como una secretaria y bajé al estacionamiento temblando. Iba a pararme en una esquina a esperar clientes.
Compré unas medias negras con el corazón en la garganta, sabiendo que en cuanto cerrara la puerta de casa me convertiría en la mujer que llevaba todo el día imaginando.
Llegó al tribunal segura de que su nombre era apenas una casilla a completar. Nadie esperaba que el juez la mirara como se mira a alguien que se desea de verdad.
Cuando el señor del desayuno entró en la oficina y me sonrió, entendí que mi amigo no lo había dejado pasar por casualidad.
Cuando Valeria me dijo que sus tres primas me esperaban para celebrar, no imaginé que la celebración consistía en averiguar si yo servía para algo más que llevarles las cuentas.
Nadie en la firma imaginaba lo que Lorena hacía durante la pausa del almuerzo, dos plantas más abajo, detrás de una puerta que siempre cerraba con llave.
Dormimos desnudas, abrazadas de cucharita, y casi nunca llegamos a desayunar antes de que su erección matutina decida por las dos.
Tres días sin dormir, un contrato de nueve millones a punto de caerse, y entonces ella cerró su tablet, se puso de pie y dijo que sabía cómo convencerlos.
Le dije que cerrara la puerta y apagara las luces para una llamada importante. Lo que no esperé fue que empezara a sospechar lo que yo hacía debajo del escritorio.
Cuando me dijo que su cama era amplia y que me tenía preparado todo, sentí un escalofrío. Su mirada no era de jefa: era la de alguien que llevaba semanas calculándolo.
Cuando abrí la puerta solo con el pantalón puesto, Marlene ya sabía que Leila estaba dentro. Lo que no imaginé fue que mi secretaria se quedaría a participar.
Primero fue la pulsera. Luego la ropa ajustada, las medias, la depilación. No supe en qué momento dejé de ser Daniel para convertirme en lo que él quería.
Cuando la sentí inclinarse en la oscuridad, creía que las pastillas me habían noqueado. No sabía que yo nunca las tomé y llevaba el día entero esperándola.
Camille entró al despacho con dos cafés y la puerta del pasillo ya estaba cerrada con llave. Esa noche Elena descubrió cuánta libertad le había dado a su marido.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuando se inclinó sobre mi escritorio para mostrarme el archivo, su falda subió dos dedos. Yo ya no podía disimular nada. Ella tampoco quería que lo hiciera.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.
Reconocí los gemidos detrás de aquella puerta. Reconocí cada cadencia. Pero la mujer del escritorio tenía algo que mi esposa juraba no tener jamás.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.