Mi fantasía con otra mujer se sintió tan real
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
La llamó «nena» con la misma voz de hacía veinte años, y Helena supo que el cheque de despido jamás saldría de aquel cajón. La deuda iba a cobrarse con su cuerpo.
Me ordenó esperarla en el compartimento, desnuda y con la regla sobre el regazo. Sabía que vendría; lo que no sabía era cuánto tardaría en hacerme sufrir.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Tenía las pruebas de todo sobre el escritorio. Podía hundirme con una sola llamada. En lugar de eso, cerró la puerta con llave y me ordenó que me arrodillara.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
Lo guardé en el bolso por las prisas, pero esa tarde lo saqué por otra razón: estaba sola, aburrida y demasiado caliente como para aguantarme.
«Yo te ayudo», dijo Lorena antes de subir a cambiarse. Cuando bajó con esa falda entallada, ninguno de los dos imaginaba hasta dónde llegarían esa mañana.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.
Bárbara dominaba salas de juntas con una mirada, pero esa noche, rodeada de cuerpos desconocidos y con su secretaria sonriéndole, fue ella quien perdió por completo el control.
Bajo el agua caliente, la mujer más fría del banco descubrió que su orgullo podía romperse en pedazos. Y que disfrutaba cada uno de ellos.
Se reía de ellos, desnuda y triunfante, convencida de que los había usado. No vio el odio crecer en sus miradas hasta que fue demasiado tarde.