Aquella vuelta en bici con el vecino de la cuadra
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Bajé al consultorio por un simple dolor de espalda, sin sospechar que el médico de la empresa tenía un tipo de tratamiento que no figura en ningún manual.
Llevaba veinte años pensando que conocía mis propios deseos. Bastaron diez minutos en el ascensor con un veinteañero nervioso para entender que no sabía nada.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.
Llevaba años llenándole la cabeza con la idea, hasta que el viaje a la playa nos dio el escenario perfecto. Lo que no esperaba era el nombre que ella iba a pronunciar.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Nunca pensé que cruzar el umbral de un bar discreto con la ropa interior de mi esposa terminaría llevándome a una habitación de hotel con un desconocido.
Cuando crucé el parque a las dos de la mañana, lo vi sentado en la banca verde. No esperaba que su mirada me hiciera bajarme los pantalones esa noche.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
Pensé que solo iba a conocer a una mujer mayor. Cuando entendí lo que de verdad esperaban de mí, ya estaba desnudo en su habitación y no había vuelta atrás.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
El segundo día, el viento sacudía la cabaña con tal fuerza que solo nos quedaba ver películas. Una de ellas no debió salir nunca de esa caja mojada.
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Le juré que mi novia nunca caería en su trampa. Esa tarde, escondido en el vestidor de su departamento, descubrí hasta dónde podía equivocarme.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.
Me desperté boca abajo, con los pantalones en los tobillos y algo pegajoso entre las nalgas. Lo último que recordaba era el tequila. Lo siguiente sería su confesión.