Aquel hombre que prometió más de lo que pude dar
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
Lo había visto en los videos: era enorme, larga, imposible. Pero ningún video me había avisado lo que iba a pasar cuando lo invité a subir a mi cuarto.
A los veinte yo ya lo sabía todo; ella, en cambio, todavía se sonrojaba con un beso. Hasta que su primer 14 de febrero la convirtió en otra mujer.
Bajé al super del bajo de mi edificio buscando café y volví con un desconocido alto, mojado por la lluvia, que decidió por mí cuál era el mejor del estante y se quedó a probarlo.
Me acosté boca arriba en la arena, completamente desnuda, los ojos cerrados y la piel ardiendo al sol. Entonces sentí una respiración entre mis muslos que no era el viento.
Aceptó el servicio como una fantasía única, pero nunca imaginó que aquel desconocido la llevaría a descubrir orgasmos que ni sabía que existían en su cuerpo.
Cuando abrí la puerta del 412 pensando que estaría vacío, lo encontré desnudo en el sillón, mirándome como si supiera quién iba a entrar.
El autobús estaba lleno hasta reventar cuando sentí su mirada. Y después su mano, justo donde nadie podría notarlo si yo no quería que lo notaran.
Catalina entró en la habitación a las tres de la madrugada, se quitó el vestido sin mirarme y dijo que no quería dormir sola con tanto frío.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Tres cervezas, un porro y una mesa apartada en el balcón. La adrenalina de saber que cualquiera podía asomarse fue justo lo que pedíamos esa noche.
Le ofrecí mi asiento al subir y, pocas estaciones después, su mano ya buscaba el cierre de mi pantalón, mientras la enfermera de enfrente miraba sin disimular.
Bajé del coche convencida de que la casa estaba vacía. Entonces escuché los gemidos venir del piso de arriba y encendí la cámara del cuarto.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.
Empezó como un juego de miradas en el gimnasio. Terminó arrodillada en un probador con un desconocido y una cámara mirando cada movimiento.
Cuando me bajé del coche con la blusa pegada al cuerpo y la tanga marcada en el pantalón, no esperaba que la mirada de aquel hombre se quedara clavada en mí durante toda la entrevista.
Subí a buscarlo y encontré la puerta de mi cuarto entornada. Por la rendija escuché la respiración de Camila y entendí que él no había vuelto al partido por nada.
Lo conocí por internet a los dieciséis. Dos años después, una mañana de agosto, me escribió que viajaba a la capital y que era mi única oportunidad de volver a verlo.
Cuando me pidió que le consiguiera hombres durante el verano, supe que el viaje a la costa iba a cambiarnos para siempre.
Llevo casi un año en el oficio y aprendí a leer a un hombre en dos minutos. Aquel jueves cité a un casado de cuarenta y un años en una cafetería de Barcelona.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.