Seguí a esa mujer hasta donde nunca había estado
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
Nunca había entrado a un sitio así. Pero esas piernas, esa sonrisa pícara, esa puerta de metal... algo me dijo que esta vez tenía que seguir.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Nos dejaron solos en el hotel con la excusa de los zapatos. Cuando me arrodillé a calzarla, todo cambió. No debería haber pasado, pero ninguno de los dos lo detuvo.
Llegamos al hotel como madre e hijo, fingiendo ser amantes. Para el domingo ya no era fingir.
Mientras ella cruzaba la calle con la comida que le llevaría a mi hermano, yo la veía alejarse sabiendo exactamente lo que tenía planeado. Y lo que no llevaba puesto.
Pusimos el anuncio por curiosidad y llegaron cuarenta cartas. Solo una nos pareció interesante. Lo que pasó en esa habitación de hotel todavía nos sorprende.
Llevaba semanas sin sacárselo de la cabeza. Ese chico flaco del parque, con las manos manchadas de carbón y esa mirada directa que no le pedía permiso a nadie.
Estábamos completamente desnudas, con las piernas cruzadas y las tazas en la mano, y fue ahí cuando Sofía me preguntó si quería mudarme con ella.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
El chat ardía con fotos de lencería y promesas de fuego. Seis personas, tres parejas, una cabaña. Lo que pasó ese fin de semana no lo contamos a nadie más.
Se había presentado como el activo del chat. Pero cuando le puse las manos en los hombros y vi cómo se relajó, entendí que esa tarde las reglas iban a cambiar.
Cuando se acercó a la piscina esa tarde y me preguntó si alguna vez había estado con una mujer, supe que ese verano iba a ser diferente.
Cuando Sofía cruzó la puerta de mi departamento, no sabía exactamente qué le esperaba. Su madre lo había planeado todo con semanas de anticipación.
Ella se giró en la toalla con un cuerpo de mujer, pero entre las piernas llevaba algo que me dejó sin palabras. Y sin embargo, no pude apartar los ojos.
Tenía cuarenta y ocho años, esposa, tres hijos y ninguna duda sobre quién era. Todo eso cambió el día que un chico joven me pidió que lo llevara al metro.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.
La ducha llevaba minutos lista, pero el espejo me tenía atrapada. Semidesnuda, con el corazón acelerado, supe que esa noche no iba a necesitar a nadie más.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Era la una de la mañana y tú tenías la mano en mi muslo como si el taxista no existiera. Lo que vino después todavía me quita el sueño.