Mi jefe me prestó a su socio como un juguete más
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.
Nunca había pagado por sexo, y mucho menos a una trans. Pero esa madrugada, con el carro lleno de gasolina y la cabeza llena de morbo, di una vuelta de más.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
Bajé las escaleras con el vestido que mamá había usado en sus últimas vacaciones. Cuando mi padre levantó la vista, supe que algo en él se había roto para siempre.
Cuando mi madre por fin decidió casarse, jamás imaginé que el viaje a la isla con mi futura hermanastra terminaría revelándome el secreto de toda la familia.
Llevaba semanas tendida en mi hamaca, untándome aceite y cerrando los ojos, hasta que una tarde sentí que alguien me miraba a través de las arizónicas.
El ascensor frenó en el octavo y él subió. Llevaba los últimos pesos en el bolsillo y la certeza de que esa mañana algo iba a pasar entre nosotros.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
El leggin blanco se me transparentaba bajo la sudadera, y supe que esa noche, en la camioneta vacía, el chófer iba a mirarme de otra manera.
Fui al club por una noche tranquila. Terminé cruzando la puerta del cuarto con la mujer de otro hombre y la promesa de que él esperaría fuera.
Llevaba años vistiéndome a escondidas con la ropa de mi hermana. La noche que él me esperó en aquel hotel, dejé de fingir y me convertí en quien siempre fui.
Entré con la llave que me dejó en la maceta. Lo que no esperaba era encontrarla a ella esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Acepté la invitación con la lencería guardada en la cartera. No imaginé que la cámara no iba a existir, y que el plan real era yo.
Cuando el aula se vació, él se quedó frente a mi mesa con una excusa torpe sobre un ejercicio que ya sabía resolver. Y yo dejé de fingir.
Cerró la puerta del baño, se miró en el espejo con la blusa corta y el encaje húmedo, y supo que esa noche no habría forma de volver atrás.