El bisturí la devolvió a los labios de su amante
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Bajo las luces de la morgue sus manos no temblaban. Pero al cerrar los ojos volvía a sentirla contra los azulejos del vestuario, sudada, mordiéndole el cuello.
Camila cerró la persiana sin dejar de mirarme y, cuando me metí en la cama, ya no podía pensar en otra cosa que en lo que ella había dicho sobre mi madre.
La sala estaba casi vacía y la película era una excusa: lo que me importaba era su mano subiendo por mi muslo en la oscuridad de la última fila.
Llevaba semanas usando lencería bajo la ropa, pero esa noche, sola en casa, decidí convertirme del todo en la mujer que él quería ver.
El espejo del baño quedaba justo frente a las literas. Esa madrugada descubrí por qué mi compañera lo había movido sin avisar.
Aquel viernes éramos los últimos en la pileta. Cuando salí del agua, su mirada bajó hasta mi bañador y supe que esa noche el alumno iba a ser otro.
Marqué el número con el pulso temblando. Una voz con acento sudamericano me dijo que subiera al tercero, que no me dolería, que esa noche aprendería a pedir más.
Esa mañana ella creía estar sola. Cerré la oficina, pedí que no me pasaran llamadas y abrí la aplicación justo cuando ella entró al dormitorio.
Empecé con espejos en el suelo y terminé descubriendo a mi vecina desnuda desde mi terraza. Cada vislumbre fugaz se convertía en una droga.
Tres mañanas por semana ella limpiaba el corredor justo al otro lado de mi escritorio. Y tres mañanas por semana yo aprendí a no apartar la vista del cristal.
Llevaba un año sin escribirle. Esa tarde abrí el correo, escribí su nombre y, antes de pensarlo, ya le contaba exactamente lo que quería que me hiciera.
Cuando ella cerró la puerta dijo que yo no era suficiente hombre. No imaginé que esa misma noche dejaría de serlo para siempre, y que sería lo mejor que me pasó.
Cuando Sofía abrió aquella caja del armario, supe que la noche no terminaría como las otras pijamadas. Y, sin embargo, no me moví.
Tenía el pelo rojo, los labios pintados y un cuerpo que paraba el tráfico. Lo que no imaginé fue lo que encontraría cuando metí la mano bajo su vestido.
Ella nunca había estado con alguien con quince años más. Esa noche, en la habitación del hotel, descubrió que la inteligencia también seduce.
Cuando la pañoleta me cubrió los ojos pensé que era un juego inocente. No lo fue. Mariela tenía otros planes y yo no quería que se detuviera.
Le advertí que si no me gustaba, la bajaba en la siguiente esquina. Sonrió, recostó mi asiento y me pidió que cerrara los ojos un segundo.
Cuando se sentó en mi sillón con el rímel corrido y la voz temblando, supe que no íbamos a resolver lo suyo con un whisky y dos palabras de consuelo.
Cuando me agaché para acomodar la caja en la bodega, Adela giró despacio y me dejó ver el encaje blanco bajo la blusa. Esa noche supe que la ruta había cambiado para siempre.
Mi compañera dormía cuando él tocó la puerta con un ramo de fresias. Yo abrí en sweater y descalza. Esa noche me prometí no dejar entrar nunca más a un hombre en mi cama.