Mi mejor amiga me confesó lo que hacía en público
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Nunca imaginé que detrás de esa carita tierna se escondían las anécdotas más atrevidas que escuché en mi vida. Y esa noche me las contó todas, una por una.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Cuando vi a mi hermana cruzar el restaurante con ese balanceo nuevo, supe que el juego que había inventado para excitar a mi amante había dejado de ser un juego para mí.
Abrí la puerta de la cabaña esperando una litera libre y me encontré con cinco desconocidas a medio vestir. Esa misma noche entendí por qué viajo solo.
Le pedí ayuda para llegar al lavabo con ese traje imposible. Lo que hizo cuando cerró la puerta a nuestras espaldas no entraba en mi contrato.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Cuando entró al baño a dejarme una toalla limpia, supe que algo iba a pasar. Lo que no esperaba era ser yo la que diera el primer paso esa noche.
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Llegué al portal con el pulso acelerado, esperando un trío. Mariana llegaba tarde. Su amigo me abrió la puerta solo, sonriendo, y nada de lo que pasó después estaba en mi cabeza.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.