Nunca conté lo que pasó en aquel callejón
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Llamé a la puerta del séptimo con el cubo en la mano y el corazón disparado. Ninguno de los dos creía ya en la excusa de la limpieza, y a mí dejó de importarme.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Cuando me limpié el semen que bajaba por mis piernas, vi las manchas rojas en el papel. —Me hiciste sangrar —le dije, y él me miró como si recién entendiera lo que acababa de hacer.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Acepté su dinero sin imaginar cómo querría que se lo devolviera. Cuando llegó esa noche con vino y esa sonrisa tranquila, supe que ya no había vuelta atrás.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.
Tocó el timbre a las siete menos diez, con chocolates para los niños y esa sonrisa con la que siempre disimulaba que en realidad venía por otra cosa.
Nunca supe qué fue primero: las ganas de mi marido de verme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama. Aquella noche dejé de fingir.
Empezó como un secreto que le contaba al oído mientras me follaba. Terminó con él sentado a un metro, mirando cómo otro hombre me hacía perder la cabeza.
Cuando la tumbé en la cama y le bajé las bragas con un solo movimiento, vi en su cara que aquella noche cambiaría todo entre nosotras. Yo no iba a ser su iniciada dulce.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Si eres una mujer alta te das cuenta de cómo te miran. Aquella tarde, entre estanterías polvorientas, supe que un hombre me había marcado como su próxima presa.
Cobraba caro y elegía con quién. Esa invitación al yate parecía una más, hasta que en la playa apareció el único que no quiso tratarme como a las demás.
Me quedé sola recogiendo botellas en el patio, con un short que marcaba mis curvas nuevas, cuando él se acercó por detrás y supe que esa noche no dormiría.
Nunca pensé que unas fotos en lencería roja terminarían enseñándome una parte de mí que llevaba años escondida bajo el traje y la corbata.
Nunca había caminado en tacones ni sentido la seda de una tanga contra la piel. Esa noche aprendí las dos cosas, y el hombre que me esperaba en la limusina pensaba enseñarme mucho más.