Mi mejor amiga me besó y todo cambió esa noche
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Volvíamos al hotel a las tres de la mañana, sin haber conseguido nada con los chicos. Lo que pasó al cerrar la puerta cambió nuestra amistad para siempre.
Nunca le conté de mis gustos. Bastó una notificación de WhatsApp en su sillón para que aquella noche en su casa lo cambiara todo entre nosotros.
Cuando me giré para lavarme las manos lo vi en el espejo: alto, canoso, con el cierre abierto y la mirada clavada en la mía. Mi noche recién empezaba.
Cuando entró por la puerta del salón, supe que aquella sesión iba a romper algo dentro de mí. Y no estaba equivocada.
Romina llevaba años imaginando a su madre cuando hacía el amor con su novio. Esa noche, con la lengua suelta por el tinto, no pudo seguir guardándoselo.
Quería que la imaginaran desde lejos. No esperaba que ella organizara la escena, ni que mi cómplice de pantalla apareciera con una linterna en la mano.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Bajé descalza por un vaso de agua, convencida de que estaba sola. Vi la luz encendida en el despacho y supe que esa mañana no iba a terminar como había empezado.
Cuando me susurró que estaba mojada y me pidió perdón, entendí que la fantasía se nos había ido de las manos. Y el desconocido todavía no había hecho lo peor.
Cuando entró al consultorio con esas caderas, supe que la cita no iba a ser de rutina. Lo que no imaginaba era hasta dónde llegaría su revisión.
Marqué su número cuando calculé que ya la tendría debajo. Quería oírla gemir mientras otro hombre la cobraba sin saber que yo era cómplice del plan.
Después de una década de mal sexo con hombres me crucé con Renata, su cajón de juguetes y un dedo en un lugar al que nadie había llegado todavía.
Cuando tocó el timbre con dos botellas de vino y esa sonrisa, supe que la conversación pendiente del bar por fin iba a terminar en mi sillón.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Antes soñaba con hombres. Ahora solo con ella: la desconocida que me toca debajo de la mesa y se mete en mi cama cada noche, aunque mi pareja duerma al lado.
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.
Cuando levanté la vista del celular y lo vi caminar hacia mi banca, supe que esa tarde en la Zona T no iba a terminar con una simple charla bajo las palmeras.
Cuando me abrió la puerta con ese vestido corto y esa sonrisa cargada de alcohol, supe que la noche no iba a terminar como ella había planeado.