Mi madre quiso que mi padre nos viera juntos
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
«Tú entras con la cara tapada y le das placer delante de él», me dijo como si fuera lo más normal del mundo. Y yo, en lugar de negarme, ya estaba imaginándolo.
Estaba aburrida, estresada y caliente cuando una chica de pelo lavanda apareció en mi privado y me preguntó si quería más que un simple chat de juego.
Nadia llevaba años sola, entrenando para no pensar. Su sobrino era el único que la miraba como mujer, y aquella tarde de resaca los dos dejaron de fingir.
Llegué a casa y ella se me echó al cuello delante de todos. Nadie sospechaba que ese beso en la mejilla escondía las ganas que llevábamos guardando toda la semana.
Pedí un masaje en el pie casi en broma. No imaginé que esa noche, frente al fuego y con el vino encima, mi padre y mi primo dejarían de contenerse.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Acepté la fantasía de mi marido con una condición: yo elegía cómo, dónde y con quién. Lo que él no sabía es que yo ya tenía a alguien en mente.
Con la casa para nosotros solos y él de espaldas entre los rosales, supe que esa tarde no me conformaría con seguir mirándolo desde la ventana.
Llevaba días con los ojos tapados y solo reconocía a la gente por su perfume y su voz. Aquella noche, sus manos no se parecían en nada a las de una enfermera.
Puse su dedo donde ningún padre debería tocar y lo sentí temblar. Dijo que no, que era mi padre. Pero esa noche descubrí en qué se convierte un hombre cuando se niega lo que más desea.
Vi su silueta recortada contra la luz de la nevera, descalza sobre la losa fría, y supe que esa noche no había bajado por un vaso de leche.
Su padre la observaba desde el borde del agua y, por primera vez, ella se preguntó qué se escondía detrás de esa mirada que la seguía en cada brazada.
Entré a ordenar su cuarto como cualquier madre. Salí sabiendo que mi propio hijo me deseaba, y que una parte de mí llevaba meses esperando justo eso.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
El crujido del colchón en el cuarto de sus padres no era el del sexo: era el del robo. Sabina avanzó descalza por el pasillo hasta pegar el ojo a la rendija de la puerta.
Mi cabeza me decía que no volviera nunca. Mi cuerpo recordaba aquellos labios y no me dejaba dormir. Al tercer día marqué su número.
Mi tío conducía furioso, perdido por enésima vez, y ella aprovechó cada bache y cada volantazo para volverme loco sin que él notara nada.
Sentí el clic del cerrojo a mis espaldas. Cuando me giré, ella sonreía con la calma de quien ha planeado cada paso desde la primera mirada en la mesa.
Bastó una copa de más y un apartamento vacío para que la hija de mi cuñada dejara de ser la niña que recordaba. Lo que pasó esa noche no debería contarse.
Durante seis meses tuvimos la casa para nosotros, y el contrato que nos unía se volvió una rutina de la que ninguno de los dos quería escapar.