La hija que creía ser la hermana menor de la comisaria
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Nora siempre había admirado a su hermana mayor más de lo que debía. Lo que no sabía era que esa mujer a la que deseaba en secreto era, en realidad, su propia madre.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Nunca quise hacer cámara. Hasta que una noche aposté por la curiosidad y un usuario sin rostro me pidió quedarse a solas conmigo.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Cuando dejó caer la bata entendí que mi vecina perfecta guardaba mucho más de lo que cualquiera imaginaba, y que esa noche yo ya no quería volver atrás.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Eran las once de la mañana, el local estaba vacío y mi compañero dormía. Cuando lo vi entrar por la puerta, supe que ese domingo no iba a parecerse a ningún otro.
Llevaba seis semanas sin dormir bien y todavía me pesaba su olor en las sábanas. Esa mañana, en el café de la avenida, entendí lo que cuesta perder a alguien que aún huele a tuya.
A los treinta años no me había besado nadie. La noche que espié a mi compañero por la rendija de su puerta, algo dentro de mí despertó por fin.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Subió al asiento trasero con la mujer del patrón pensando que iba a buscarme. Bajó pensando en cuándo podría volver a verla.
«Cierra la puerta con seguro y quítate la ropa», fue lo primero que escuchaste de mi voz esa noche. Lo demás dependía de cuánto quisieras obedecerme.
«Pon la música que te dije y empieza a desnudarte despacio. No tengas prisa: esta noche mando yo, aunque estemos a cientos de kilómetros.»