El doctor que tomaba prestados cuerpos para coger a su mujer
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Si su verga no respondía, tomaría prestada la de otro. Bastaba con mirar a un hombre a los ojos y susurrarle la sugestión correcta para abrirse paso al lecho de su esposa.
Él estaba a miles de kilómetros y yo me desperté ardiendo. Abrí la notebook, leí lo que mis lectores fantaseaban conmigo y dejé que mis manos hicieran el resto.
Esa noche bajé al estudio con la excusa de la fotocopiadora. En su carpeta personal había tres archivos que cambiaron todo lo que yo creía saber de ella.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
La caja escondida bajo el árbol no era para mí. Era para ella, y cuando me pidió que le enseñara a usarla, supe que la noche ya no iba a parecerse en nada a la que habíamos planeado.
Hacía diez años que nadie me tocaba con esas intenciones. Aquella tarde, boca abajo en la camilla, descubrí que mi cuerpo todavía sabía exactamente lo que quería.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Estaba junto a la escultura de bronce, con un vestido negro que parecía enamorado de su cuerpo, y me miró sin pudor, como si ya supiera lo que íbamos a hacer esa noche.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Metí el vibrador en el neceser junto al cepillo de dientes. Si la fantasía servía para aliviar el dolor, nadie iba a impedirme intentarlo esa noche.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
—Eso también podemos solucionarlo —murmuró mi hija con una sonrisa, y me tomó de la mano para llevarme hasta el baño del fondo del apartamento.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Renata entró al despacho esperando una suspensión. La decana cerró la puerta con llave, le pidió que se levantara y le dijo que el castigo iba a ser muy distinto.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Solo quería llegar a casa. Pero sus ojos color miel y esa media sonrisa de chico que sabe lo que quiere me hicieron cambiar el rumbo en mitad de la estación.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.