Mientras mi marido dormía bajé al jacuzzi del crucero
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Pedí una sola cosa para la última noche: bailar. Lo que pasó después, en el camarote del fondo del pasillo, no se lo conté a nadie.
Chiara pedaleaba justo detrás de él en cada subida, y cada parada a la sombra era una excusa nueva para acercarse más de lo necesario.
Cuando los truenos empezaron a sacudir el edificio supe que aporrearía mi puerta. Lo que no imaginé fue que esa noche terminaría dentro de mi cama.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Aquella mañana tres hombres distintos me vieron estirarme las medias en el muslo. Para cuando llegué al desayuno, ya sabía que iba a engañar a mi marido.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Después de tocarla en la playa frente a su marido, supe que esa noche ella sería mía y él solo podría mirar desde la pantalla del teléfono.
Acepté el reto sin sospechar que la quinta foto me llevaría a una cala desierta, frente a un desconocido recostado bajo el último rayo de sol.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Renata firmaba balances toda la semana y soñaba con que alguien la tratara sin delicadeza. El camionero del chat le ofreció quince días de ruta, y ella inventó un curso para desaparecer.
Yo siempre había sido el que cogía, nunca el que recibía. Hasta que esa noche, en la oscuridad de aquel cuarto, alguien decidió cambiar las reglas sin pedirme permiso.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
Llevaba semanas sin tocar a nadie y los gemidos de mi compañera de piso me sacaron a la calle. La luz de su cafetería seguía encendida, así que entré.
Vive con su novio en un piso pequeño, y los viernes la cuadrilla se reúne en el sofá. Esa noche ella entró descalza, con una camiseta ancha y nada debajo, y todos sabían para qué.
Volvimos al sofá de siempre, a las miradas de siempre. Pero esa noche, por primera vez en diez años, ninguno de los dos iba a frenar a tiempo.