La noche que abrimos la puerta a otra pareja
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
El dolor de espalda era real. La excusa para mi marido, también. Lo que no esperaba era lo que pasaría cuando ese desconocido me pidió quitarme la última prenda.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Tenía veinte minutos antes de conectarme a la fiesta de mi marido. Tomás cerró la puerta del hotel y supe que esa noche iba a felicitar a mi esposo con la voz de otra mujer.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Cuando cloné su WhatsApp a las tres de la madrugada, no buscaba pruebas de un engaño cualquiera: buscaba entender por qué mi cuerpo respondió como ellos esperaban.
Me puse la falda más corta para que las colegas de mi marido me envidiaran. Nunca imaginé que el tren me llevaría a otro sitio.
Confié en ella cuando me ató la venda. Confié cuando me arqueó la espalda. Solo entendí lo que estaba pasando cuando aquella mano callosa me apretó las caderas.
Me hice la borracha para que nos llevara a casa. No imaginé que ese sería el plan perfecto para terminar la noche de otra manera.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
La reconocí en el parque pese al velo y el vestido cerrado hasta el cuello. Tres años sin vernos, y bastó una mirada para saber que volvería a mi habitación.
Cloné el teléfono de uno de ellos y leí cada mensaje del grupo. Sabían lo que planeaban para mí esa noche. Lo que no sabían era que yo también tenía un plan.