Lo que pasó con la capitana en el vestuario
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.
Habíamos bromeado con la idea después de la película. Una semana después, mi mujer me dejó un audio a la una de la mañana y el cuarto olía a otro hombre.
Verla dormir en mi cama es como mirar un milagro. Solo sé su nombre, no a dónde irá al despertar, ni si volverá a tocar mi puerta alguna otra noche.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
A las cuatro de la tarde estaba preciosa, recién maquillada frente al espejo. A las diez de la noche ya no quedaba nada de aquella nena perfecta, y me encantaba.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Yo era el más joven de un grupo de jubilados y la única persona que me interesaba era Valentina, la guía. Tardé dos cenas en descubrir lo que escondía.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
En la madrugada de Año Nuevo, Camila le pidió un beso. Lo que parecía un juego de borrachas terminó con un vibrador y una confesión guardada veinte años.
Cuando me miré al espejo no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: tetas nuevas, tacos imposibles y una sonrisa que ya sabía lo que iba a pasar esa noche.
Cuando llamó a mi puerta a medianoche supe que había vuelto a mentirle a su mujer. Y supe, también, que esa noche iba a ser solo mía.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
Estaba a punto de meterme bajo el agua cuando apareció en el umbral con el uniforme manchado y los ojos sin saber dónde mirar.
«Yo te ayudo», dijo Lorena antes de subir a cambiarse. Cuando bajó con esa falda entallada, ninguno de los dos imaginaba hasta dónde llegarían esa mañana.
La primera vez que entré en su consulta lo hice con la cabeza agachada y un vestido prestado; salí de allí sintiéndome, por fin, yo misma.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
Lo vi quitarse la camiseta sudada mientras subíamos los muebles al tercer piso. No imaginé que esa misma madrugada su mano buscaría la mía bajo las sábanas.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.