Mi compadre pasó por un café y se quedó la tarde
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Subida al banquito acomodando los platos, sentí su mirada recorriéndome las piernas. «Es un panorama exquisito», dijo sin pizca de vergüenza. Y yo no bajé.
Cuando sentí el cuerpo de mi hijo dormido apretado contra mi espalda esa madrugada, no me aparté. Algo más viejo que yo decidió por mí, y supe que ya no quería detenerlo.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
Sabía que estaba sola en la finca con él. Me vestí para que no pudiera mirar hacia otro lado, y crucé el jardín dispuesta a conseguir lo que quería.
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.
Empecé desabrochándome un botón solo para ver su reacción. Nunca imaginé que esa misma noche terminaría en la habitación de invitados.
Bajé en bata a preparar el desayuno y los encontré tomando café. No imaginé que esa mañana mi marido iba a confesarme lo que de verdad quería de mí.
Llevaba semanas húmeda solo de imaginarlo. Cuando él me dijo «si quieres experimentar, adelante», marqué el número antes de arrepentirme.
Frente al espejo del dormitorio descubrió que su cuerpo todavía sabía pedir. Lo que no esperaba era que alguien estuviera dispuesto a escucharlo esa misma noche.
Cuando escuché el motor del auto alejarse supe que no estábamos solos: mi marido seguía en casa, oculto, dispuesto a mirar todo lo que pasara entre nosotros.
Le dije que la borraría, que no me hacía ninguna gracia. Mentí. Esa imagen se quedó dándome vueltas en la cabeza hasta que mis dedos buscaron lo que mi boca callaba.
El vendedor se sonrojó al cobrarme. Yo ya sabía que esa noche, por fin, no iba a terminar con la mano y las ganas a medias.
Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Abro el chat, escribo tu nombre y empiezo a contarte exactamente lo que quiero que me hagas cuando cruces esa puerta.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
No quería el clásico color carne; me había decidido por uno transparente, y esa tarde, sola frente al espejo, descubrí hasta dónde podía llevarme.
Tu último mensaje seguía encendido en la pantalla cuando entré a la ducha. No aguanté ni el primer minuto de agua caliente sin pensar en tus manos.
Llegó al pueblo creyendo que cuidar al abuelo enfermo era un acto de cariño. No imaginaba que cada cucharada y cada baño la llevarían a un lugar del que ya no podría volver.
Cerré la puerta con llave, apagué la luz grande y dejé solo la lámpara. Frente al espejo, me dije que esa noche no estaría sola: alguien me miraría desde el otro lado del cristal.
Bastó una notificación en el teléfono para que dejara de ser la chica seria de la oficina. Esa tarde descubrí cuánto deseo cabía en una conversación.
Su mensaje llegó a media tarde y me encendió de golpe. Sabía que esa noche, sola frente al espejo y con el teléfono en la mano, no iba a poder detenerme.