Las vecinas del edificio de enfrente cambiaron todo
Diego abrió la ventana y les chifló. Ellas voltearon, se rieron, y ninguno de los cuatro imaginó cómo terminaría esa tarde de exámenes.
Diego abrió la ventana y les chifló. Ellas voltearon, se rieron, y ninguno de los cuatro imaginó cómo terminaría esa tarde de exámenes.
«Otra vez tú», me dijo sin taparse, mirando cómo mi erección crecía sola. Y por su sonrisa supe que aquella tarde no iba a terminar en el baño.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Lo reconocí en el andén después de veinte años y subimos al mismo vagón. Para cuando llegamos a la tercera estación, su mano ya estaba donde no debía.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Salí a hacerme un café con una bata de satín y nada debajo. Él estaba en el sofá, fingiendo leer, y los dos sabíamos que esa mañana iba a pasar algo.
Una llamada por puro aburrimiento, una comida que tardamos horas en tener y su mano subiendo por mi muslo en el sofá de su despacho. Hacía meses que no lo veía.
Sabía que estaba mal, pero cada vez que nos llamaban a bajar yo solo pensaba en cuándo podríamos volver a escaparnos.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Empecé pidiendo una nota y terminé descubriendo cuánto era capaz de desear. Estos son los dos años que me cambiaron y que no le había contado a nadie.
Me prometieron que sería solo una reunión de trabajo. A las cinco de la tarde ya me estaba cambiando de ropa para algo que no tenía nada de profesional.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Habían tardado semanas en coincidir. Cuando por fin cerraron la puerta del coche, el ruido del parking se apagó y ya no hubo excusas para seguir fingiendo que solo eran amigos.
Me pidió que le enseñara, como si yo fuera el experto. No imaginaba que aquel juego entre los dos terminaría conmigo de rodillas, descubriendo lo que de verdad me gustaba.
Marina llevaba meses fingiendo que no lo miraba. Esa noche, atrapada entre el cristal frío y el calor de su jefe, dejó de fingir.
Cada vez que entraba al taller, él levantaba la vista antes de oír la puerta. Aquella tarde, con la persiana a medio bajar, dejé de fingir.
Sentí su mano en mi cadera entre el gentío y, en vez de apartarme, me quedé quieta. Lo que pasó después todavía me acelera el pulso cada vez que lo recuerdo.
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».