Le pedí que no fuera delicado y me lo dio todo
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.
Mi novio llevaba años rogándome eso que me daba terror. Le juré que sería suyo en Navidad, sin saber que un amante mayor ya me estaba preparando.
Tenía diecinueve años y me creía intocable, hasta esa madrugada en que un hombre que me doblaba la edad me demostró cuánto me equivocaba.
Esa madrugada seguí a una colega por el pasillo restringido. Lo que vi por la rendija de la puerta me dejó temblando, con la mano debajo de la falda.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
Adrián conocía cada vestido del armario de su melliza. Esa mañana, con la casa sola y cuatro hombres cavando en el jardín, decidió que por fin sería ella.
Tenía quince años cuando escuché aquella frase. Nunca imaginé que, una noche cualquiera, mi propio padre me haría entender lo que significaba de verdad.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
La esperaba cada amanecer en la parada. Aquella mañana el autobús iba lleno, ella se apoyó contra mí y entendí que también me había estado mirando.