Lo que mi marido filmó mientras me miraban
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Sabía muy bien lo que ese vestido provocaba; lo que no esperaba era que él se atreviera a decírmelo al oído, delante de toda la familia.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Hacía semanas sin pisar su departamento, pero esa noche, con dos cervezas mediadas y su mano subiendo por mi muslo, supe que las vacaciones iban a empezar muy bien.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Me paseé por la planta vacía convencida de que nadie sabía lo que llevaba debajo. No conté con que el guardia tampoco dejaría de mirarme el trasero.
La libreta del fiado no daba para más, mi marido miraba la tele y el almacenero me miraba a mí desde el otro lado del mostrador con esos ojos azules que parecían desnudarme.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Salí a la calle con tacones y minivestido fingiendo que olvidaba algo. Solo quería que uno de ellos me mirara. No imaginé que entraría hasta mi casa.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Cada vez que volvíamos a la casa vieja de la abuela, el mismo juego empezaba otra vez: una mano que rozaba la otra y nadie que mirara.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.