Le vendía fotos hasta que una llamada lo cambió todo
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Pensé que vender unas fotos sería inofensivo. Pero esa noche, con el teléfono en una mano, descubrí cuánto deseaba a alguien que solo era mi amigo.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Fingir ser su pareja para entrar en los bares del barrio era el plan. Nadie le avisó a Nadia que su compañero la miraría así, ni que el deseo arruinaría la coartada.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
No me llamó por mi nombre la primera vez. Me miró entera, sin morbo y sin lástima, como si mi cuerpo no fuera un problema que ella tuviera que resolver.
Tengo cara de viciosa y todos lo notan. En el último vagón, apretada contra cuerpos que no conozco, dejo que mis manos hagan lo que mi cabeza ya decidió.
Bajamos al parque de madrugada con el vestido al hombro y los tacones puestos, pero no esperaba que alguien estuviera mirándonos desde la última banca.
Pensé que tenía la casa entera para mí. Cuando escuché esa voz grave a mis espaldas, supe que mi secreto acababa de quedar al descubierto.
Llevaba una semana durmiendo pegado a su espalda para calmar a la bebé. Una semana fingiendo no notar lo que pasaba entre los dos en la oscuridad.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.
Aún sentía el calor del polvo de mi novio entre las piernas cuando le mandé el mensaje. Media hora después él estaba en mi puerta, sin avisar.
Crucé la piscina dos veces sin poder olvidar dónde se había detenido su mano. Cuando volví al borde, ella me esperaba con otra clase en mente.
Salí del partido con el tobillo torcido y un par de copas de más. Ella se ofreció a llevarme a casa, y cuando me cargó hasta el sofá supe que la noche no acababa ahí.
Salí del aula con la falda corta y la cabeza llena de él. Sabía que me esperaba entre los toboganes, y sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí.
Bajó al salón con una sonrisa que ya no era la de siempre y la mano escondida en la espalda. «Adivina qué traigo», me dijo. Esa noche entendí en quién se estaba convirtiendo.
Son las once, vuelvo a estar sola y tu último mensaje sigue brillando en la pantalla. Apago la luz, y entonces mi mente —y mis manos— deciden por mí.
Pasó un mes sin saber nada de él. Cuando por fin escribió, supe que esa noche le iba a dar algo que nunca me había atrevido a dar.
El semáforo seguía en rojo, su última foto seguía en mi pantalla y mis manos ya habían dejado de pedirme permiso. Solo tenía que llegar a casa. O no.