Atada y vendada, esperaba el primer correazo
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Llegaba puntual, con un bolso color sangre y los labios pintados de carmesí. Antes de mirarte siquiera, ya había decidido cuánto ibas a sufrir.
Cruzó las piernas despacio para que él notara el encaje negro bajo el vestido. Esa noche no sería él quien mandara, aunque todavía no lo sospechara.
Volvió al mismo descampado convencido de que esta vez sí ganaría. No imaginaba cuánto disfrutaba ella cada vez que lo obligaba a doblarse de rodillas delante de todo el barrio.
Durante años fui el secreto mejor guardado de mi padre. Creí conocer todas las reglas de ese juego, hasta la madrugada en que sus amigos cruzaron la puerta del dormitorio.
Bajé los pantalones manchados de café convencido de que era mi gran momento. No conté con que su hermana mayor cruzaría justo entonces la puerta.
La conocí en una app de lectura. Pelinegra, alta, intimidante. Acepté ser su sumisa porque jamás creí que una mujer así me miraría dos veces.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Me dejó colgada y desnuda entre los árboles convencido de que controlaba todo. Cuando el desconocido regresó, ya no era el hombre con el que mi marido había hablado.
Faltaban dos horas para la videollamada y mi cuerpo ya temblaba. No iba a tocarme ni una vez; bastaba con que escribiera lo que tenía que hacerme a mí misma.
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Me arrodillé en el centro del salón mientras ellas decidían, frase por frase, cómo iban a transformarme. Y yo solo podía desear que lo hicieran ya.
La vi leyendo en el último tren de la tarde, frágil y ajena a todo. No imaginaba que aquel «hola» sería la primera orden de muchas.
Nunca lo vi en persona. Solo necesité mis palabras, un altar de velas y la certeza de que un hombre puede arrodillarse ante alguien que jamás le devolverá el gesto.
Le concedí treinta días para demostrarme que servía de algo. La primera noche no le permití tocarse: solo encender una vela, obedecer y esperar mi castigo.
Caminó hacia la casa de su nuevo dueño con un vestido que no tapaba nada, sabiendo que cruzar esa puerta era dejar de pertenecerse a sí misma.
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
Acepté la invitación pensando en una velada elegante entre copas y cumplidos. Nunca imaginé lo que la condesa había planeado para mí cuando se apagaran las luces.
Salí del cuarto con apenas una tira de tela encima y entendí que esa noche yo no decidiría nada: ellos lo decidirían todo por mí.
Salió al escenario con un vestido rojo y una voz imposible. No imaginaba que cantar tan bien sería la trampa con la que su productor la encerraría para siempre.