Conocí a mi dueña jugando en línea y me prohibió terminar
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
La voz al otro lado del auricular me dio una orden simple: no podía terminar hasta que ella lo decidiera. Y entonces se desconectó sin avisar cuándo volvería.
La falda venía rota, los labios hinchados y olía a un hombre que no era yo. Lo peor no fue verla así: fue lo que me ordenó hacer después.
Cuando me abrió la puerta con ese vestido corto y esa sonrisa cargada de alcohol, supe que la noche no iba a terminar como ella había planeado.
El mensaje llegó de un número desconocido: triple tarifa por acompañarlo en Nochebuena. Me puse el vestido rojo, los tacones imposibles, y crucé la ciudad sin saber lo que me esperaba.
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Sentía la boca y el cuerpo listos, el corazón golpeándome el pecho. Solo faltaba que él cruzara la puerta y me mirara como yo necesitaba que me mirara.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.
El rumor recorrió la panadería como pólvora: Espiguita había vuelto. Y el único hombre que la conoció de verdad sintió el pasado caerle encima.
Escuché correr el agua y supe exactamente qué iba a hacer. Entré sin ruido, me arrodillé en los azulejos y dejé que el vapor hiciera el resto.
Le serví el café de las cuatro como siempre. Solo que esta vez le había añadido algo que no figuraba en ninguna agenda.
No servía para protagonista, le dijeron. Pero ese culo, susurró el productor con la cámara encima, ese culo sí tiene futuro en esta industria.
La primera vez que me arrodillé frente a mi primo dejé de ser quien era. Lo que vino después me cambió el cuerpo para siempre.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Cerró la puerta del baño, se miró en el espejo con la blusa corta y el encaje húmedo, y supo que esa noche no habría forma de volver atrás.
Aquel viernes éramos los últimos en la pileta. Cuando salí del agua, su mirada bajó hasta mi bañador y supe que esa noche el alumno iba a ser otro.
Marqué el número con el pulso temblando. Una voz con acento sudamericano me dijo que subiera al tercero, que no me dolería, que esa noche aprendería a pedir más.
Tengo veinticuatro años y todavía estoy aprendiendo qué me enciende. Esa tarde, con la mano en mi cuello, descubrí algo que no sabía que necesitaba.
Hace meses que Esteban dejó de existir. Me despierto cada mañana enfundada en seda rosa, lista para servir a la mujer que reescribió mi mente entera.
Esperaba a que la casa quedara en silencio para apagar la luz, abrir el cajón y averiguar hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Cuando ella cerró la puerta dijo que yo no era suficiente hombre. No imaginé que esa misma noche dejaría de serlo para siempre, y que sería lo mejor que me pasó.