La visita al dentista que terminó entre dos hombres
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Pagamos por convertirnos en los machos que nos humillaban. Pero Madame Muñeca siempre cumple lo que promete... nunca de la forma que uno espera.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Cuando el aire fresco me golpeó la piel desnuda entendí que no estábamos en la habitación: me había sacado al jardín, atada y a oscuras, y cualquiera podría haberme visto.
Creí que tenía la casa entera para mí durante cuatro días. No conté con que él tenía llaves, cámaras y una curiosidad que nunca me había confesado.
Esa tarde Damián tenía otros planes. En cuanto crucé el umbral me dio dos bofetadas y me ordenó cruzar el piso desnudo moviendo el culo.
Cada marca que las cuerdas dejan en mi piel me acerca un poco más al abismo. Pero es lo único que silencia su voz... la del hombre al que dejé morir.
Llevaba años convenciéndome de que sabía lo que quería de una mujer. Esa noche, en la barra de un bar casi vacío, una desconocida me demostró lo equivocado que estaba.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».
La noche que mi jefa leyó mi historial de navegación, supe que estaba perdido. Lo que no supe es cuánto iba a disfrutar cada paso de mi rendición.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Llegó a la fortaleza envuelta en sedas, convencida de que su belleza ya había comprado una vida de lujos. No imaginaba el precio que cobraría su nuevo marido esa misma noche.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Cruzó las piernas frente a mí y algo no encajaba. Su voz era dulce, pero sus manos demasiado grandes. Tardé días en entender qué me había robado el sueño.
El grito atravesó el patio interior y los vecinos con niños subieron el volumen del televisor. Sabían perfectamente lo que ocurría en el tercero izquierda.
«Bajá a las nueve. Bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos.» Apagué el teléfono con las manos temblando y empecé a contar las horas.
Salí desnuda de la ducha y ella seguía con el uniforme puesto, apoyada contra las taquillas, mirándome con una sonrisa que jamás había visto en los entrenamientos.