Mi entrenador me llevó al hotel después del gimnasio
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
Mis amigas hablaban de italianos guapos de nuestra edad. Yo asentía y mentía, porque lo que de verdad buscaba en ese viaje tenía sesenta y cuatro años.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Escribió diciendo que quería ser mi modelo, mi musa. No imaginaba que esa tarde aprendería que el deseo y la cámara son la misma cosa.
Cuando le acerqué la segunda copa, sus dedos rozaron los míos más de la cuenta. El anillo de casada le pesaba demasiado para resultar inocente.
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.
Aceptamos el piso barato sin leer la letra pequeña. La primera noche ella cerró la puerta del cuarto y me dijo que esa semana yo era su marido.
Tenía novio, tenía un plan y tenía la promesa de portarme bien. Lo que no tenía era idea de lo que ese hombre iba a despertar en mí esa madrugada.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
Creí que me chantajearía con lo que vio en mi monitor. Lo que no esperaba era terminar de rodillas frente a él en la oficina vacía, después de que todos se fueran.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Era una broma: ponerme el collar rosa a cambio de una pizza. Pero apreté el botón y dejé de ser yo. Otra persona empezó a mover mi cuerpo desde dentro.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Hay una noche que nunca aparece en mis recuerdos compartidos. La guardé bajo llave durante años. Hoy, por fin, me atrevo a contarla tal como ocurrió.
La mañana después del derrame, se miró al espejo y su cuerpo ya no era el mismo. Y la forma en que su marido empezó a mirarla tampoco volvió a ser la de antes.
Lo dijo en voz baja entre las máquinas, con el sudor todavía en la espalda: necesitaba que alguien la deshiciera. Carla sonrió y sacó el teléfono del bolsillo.
Bajé las escaleras de aquel sótano con el corazón en la garganta y, antes de pensarlo dos veces, ya estaba de rodillas en la cabina del fondo.