Mi esposa tomó mi fantasía y me convirtió en travesti
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
En el sueño tengo el cuerpo que siempre quise, y sé que él va a cruzar esa puerta para recordarme exactamente qué soy ahora.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
Bajé la cabeza y solo supe responder «sí, señora». Esa noche dejé de ser una invitada para convertirme en algo que las dos podían usar a su antojo.
Cada noche, antes de dormir, Carla me susurraba «buenas noches, princesa». Tardé meses en entender que esa palabra no era un juego, sino una orden.
Estaba caliente, solo en casa y sin ganas de masturbarme. Cuando me llegó la propuesta de una cruzada entre activos, le dije que sí casi sin pensarlo.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Le entregué la nota doblada y un preservativo sin decir una palabra. Él la leyó, me miró de arriba abajo y solo dijo: ven conmigo. No volví a pensar con claridad en horas.
El mensaje llegó a medianoche y lo leí tres veces antes de mostrárselo a mi marido. No me pedía permiso. Me daba instrucciones, y yo ya estaba temblando.
Cuando se inclinó sobre el fregadero, los leggings la delataron. No oyó entrar a Don Esteban, ni notó que el albornoz ya colgaba abierto a su espalda.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Cada semana repetían el mismo ritual privado, pero esa noche, con su prima durmiendo al otro lado del pasillo, ella descubrió cuánto le gustaba obedecer.
El correo llegó temprano, como cada día de sesión. Esta vez no había instrucciones previas: solo la promesa de que él decidiría hasta dónde llegaría mi cuerpo.
Acepté pedalear cien kilómetros para complacerlo. Lo que no esperaba era el bote de cayena que me esperaba esa noche en el lavabo del hotel.
La azafata tocó el timbre justo cuando él estaba dentro de mí. Lo que hizo cuando abrió la puerta cambió la noche, el viaje y todo lo que vino después.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Aquella noche bajé la guardia ante unos ojos vulnerables bajo el contenedor. No imaginé que el animal que abracé contra mi pecho llevaba dentro algo mucho más antiguo y hambriento.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Me creía la reina del dormitorio, intocable y exigente. Entonces bajaste, me abriste las piernas y descubrí cuánto me gustaba obedecerte sin protestar.