La vecina de abajo me convirtió en la mujer que era
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
Relatos de encuentros y experiencias trans
La primera vez que me llamó Lucía sentí que algo se rompía dentro de mí. Y no quería volver atrás. Quería que ella terminara de moldearme entera.
Cuando el último aplauso se apagó, Damián cerró la puerta del camerino con llave y supo que esa voz, y todo lo demás, le pertenecía aquella noche.
Llevaba meses preparándome para Adrián, pero fue otro hombre quien me enseñó esa noche lo que significaba entregarse de verdad.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
Apenas el maestro salió del cuarto, escuché otros pasos en el pasillo. El que tocaba la puerta no era él: era el muchacho que esperaba su turno conmigo.
«Esta noche cumplís tu promesa», decía el mensaje. Bajé duchado y temblando, sabiendo que entre Brisa y Mateo iban a llevarme más allá de cualquier límite que hubiera imaginado.
No nací cortesana, me convertí en una. Primero dejé atrás el cuerpo que me apretaba como un traje ajeno; después aprendí a usar el que siempre fue mío.
Cuando bajé a la biblioteca esa tarde no sabía que mi madrastra y su imponente socia ya habían decidido qué clase de hombre iban a hacer de mí.
Encontré una foto vieja guardada en un cajón y, de golpe, supe exactamente lo que quería pedirle a cada uno de ellos esas vacaciones.
Iba casi cada tarde a leer al café, hasta que ella se sentó frente a mí y, entre risas, dejó caer que lo que tenía bajo los vaqueros no era lo que yo imaginaba.
A Bruna la quiero más que a casi nadie. Por eso me cuesta tanto contar lo que dos desconocidos le hicieron aquella noche que ninguno de los dos olvidará.
Siempre había reprimido ese deseo. Pero esa tarde, frente al espejo y con el maquillaje puesto, dejé de pelear contra la mujer que quería ser.
El vibrador todavía zumbaba dentro de mí cuando su nombre apareció en la pantalla. Podíamos salir a dar una vuelta, sí, o podía subir y terminar lo que yo había empezado sola.
Marcos me pidió que estuviera preciosa para cuando volviera a casa. Mientras Carla me peinaba, recordé todo lo que hice para ser suya, y lo que aún estaba dispuesta a entregar.
Me quité los tacones para cruzar el patio sin hacer ruido, y al llegar a la esquina mi corazón latía tan fuerte que pensé que él lo escucharía antes de verme.
Me puse la falda roja, los tacones y salí a bailar entre miradas incómodas. No buscaba a nadie. Pero él cruzó la pista con paso seguro y me tendió la mano.
Su mano subió por mi muslo y se metió bajo mi ropa interior. Esperaba encontrar lo que tantas veces había imaginado, pero lo que toqué me dejó sin aliento.
A las nueve se inyectaba la hormona; a las diez entregaba los apuntes y el resto de su cuerpo en el asiento trasero. Era el trato, y lo cumplía sin temblar.
Siempre fui un hombre de fútbol y conquistas, hasta que la primera tanga rozó mi piel depilada y entendí que ya no había vuelta atrás.
Lo toqué solo un instante y la suavidad del encaje despertó algo dormido. Esa noche soñé que me lo ponía, y supe que tarde o temprano volvería a por él.