Ojalá te hubiera invitado a mi cama esta noche
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
Aguanté toda la jornada con la costura del pantalón clavada entre los labios, pensando en lo que me dijiste al llegar. Esta noche no pienso aguantarme más.
No era el ruido lo que no me dejaba dormir. Era saber que al otro lado de la pared ella estaba viviendo justo lo que yo había rechazado esa misma tarde.
Sabía que ella seguía despierta a mi lado, igual de mojada que yo, pero ninguna se atrevió a romper el silencio… hasta que el chapoteo de nuestros dedos nos delató.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Volví del hospital con el brazo enyesado y una idea que no me dejaba dormir. Esa madrugada entré al baño, y mi madre apareció en la puerta justo cuando creía estar solo.
Demasiado silencio en casa. Cuando me asomé al cuarto de mi madre, la mujer que creí conocer toda mi vida se había convertido en otra persona.
Abrí los ojos en mitad del placer y la vi apoyada en el marco de la puerta, mirándonos. No dijo nada. Solo deslizó una mano dentro de su short.
Recibí a los dos en la puerta con un vestido negro y, mientras mi marido miraba desde el sillón, supe que esa noche el regalo de cumpleaños iba a ser yo.
Mientras limpiaba el escritorio descubrí lo que mi marido leía a escondidas. Esa misma noche decidí averiguar hasta dónde estaba dispuesto a llegar conmigo.
Creía conocer todos los juegos de mi marido. Hasta que abrí ese historial y leí, con su propia letra, lo que de verdad pasó aquella noche en el motel.
Estaba rodeada de gente más joven que yo, sin planes y con toda la libertad del mundo. No imaginé hasta dónde nos llevaría la oscuridad de esos médanos.
Mi hermana cumplía veinte y yo tenía preparada una cámara, un guión y a toda la familia metida en su papel. Lo que ninguno imaginaba era hasta dónde íbamos a llegar esa noche.
Me levanté de madrugada por un vaso de agua y la puerta entornada de su habitación me reveló algo que ya nunca pude sacarme de la cabeza.
Cerré los ojos y simulé un sueño profundo. Lo que no imaginé fue que ella supiera exactamente lo que estaba haciendo a oscuras, a dos pasos de su cama.
Pensé que tenía aquel pedazo de paraíso para mí solo. Cuando abrí los ojos, tres desconocidas me observaban entre risas y yo seguía completamente desnudo.
El coche se movía y mis pechos se movían con él. Solo necesitaba que mi novio me mirara por la cámara, pero alguien más podía estar mirando.
Frente al espejo del camerino, Daniela eligió el vestido rojo que no admitía ropa interior. No sabía que esa decisión la convertiría en la obsesión de todo el canal.
«Aquí podemos hacer lo que queramos. Nadie nos conoce, nadie nos juzga.» Lo dijo con una copa en la mano, y supe que el verano iba a cambiarlo todo.
Llevábamos años jugando, pero esa noche, desnudos y sin aliento, ella quiso saber el origen de todo: la tarde en que mi profesora particular me enseñó a desear que la miraran.
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.