La chica de la app me enseñó algo que no esperaba
Cuando abrí la puerta envuelta en la toalla, ella entró sin dejarme hablar. No era el chico que esperaba mi amiga ni el plan que mi cabeza había imaginado.
Cuando abrí la puerta envuelta en la toalla, ella entró sin dejarme hablar. No era el chico que esperaba mi amiga ni el plan que mi cabeza había imaginado.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Una me empujó contra la pared mientras la otra se arrodillaba sin decir palabra; supe enseguida que esa tarde no iba a salir entero de ese departamento.
Yo siempre me enamoraba; ella solo quería divertirse. Pero esa noche, detrás de una puerta del local, descubrí algo de mí misma que jamás imaginé.
Bajé la pantalla del celular pensando que solo charlaríamos, pero lo que vi en su cama esa madrugada cambió por completo lo que yo creía querer.
Salí en camisón a ayudarlo sin pensar en cómo iba vestida. Cuando lo metimos en la ducha y nos quedamos solos en el salón, entendí que esa noche no íbamos a dormir.
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
Cuando bajó la voz para decirme que se habían acostado, sentí cómo todo lo que creía saber sobre mi matrimonio se rompía contra el suelo del pasillo.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.
En la madrugada de Año Nuevo, Camila le pidió un beso. Lo que parecía un juego de borrachas terminó con un vibrador y una confesión guardada veinte años.
Marina llevaba meses insistiendo. Yo la frenaba, riéndome, hasta que esa tarde de probadores se cerró la cortina y la risa se me secó en la boca.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Salió del baño con un cinturón de doble punta colgando de un dedo y una sonrisa que no admitía discusión. Naia nunca había visto algo así de cerca.
Me lo contó al día siguiente, todavía con la voz ronca y una sonrisa que no sabía si era de orgullo o de culpa. Lo que me dijo no me lo esperaba.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Apagué la luz pensando que íbamos a dormir, pero Vera me clavó un codazo en la oscuridad: tenía algo que contarme y no podía esperar a la mañana.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Cuando Carla me preguntó si quería repetir, ya sabía mi respuesta antes de terminar la frase. Lo que no sabía era hasta dónde estaba dispuesta a llegar esa noche.