Lo que sentí al mirar a mi amiga en mi propia cama
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
La invité pensando en pasar un buen rato, pero cuando la vi montándolo sobre mi cama entendí que mi placer ya no dependía solo de lo que me hicieran a mí.
Cuando la vi arrodillada frente a él, lamiendo sin titubear, supe que nunca le contaría lo que esa boca acababa de limpiar sin darse cuenta.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.
Llevábamos seis años reuniéndonos para lo mismo: contarnos cosas y tocarnos sin pudor. Esa noche Camila prometió una sorpresa y abrió la puerta del cuarto contiguo.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Cuando el timbre sonó, pensé que mis amigas habían pedido postre. Cuatro hombres entraron en mi salón y, por primera vez en años, dejé de pensar en mi ex.
Estaba sola en la camioneta, llorando por su madre, cuando alguien golpeó el vidrio. Era Camila. No preguntó nada. Solo le pidió que se pasara al asiento del copiloto.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.
Bajó la mano por su abdomen en la penumbra y dejó que la escena se armara sola: él en el centro del sillón, su mujer de un lado, la amiga del otro, un beso imposible.
Cuando salió de la piscina, sintió la mirada del vecino clavada en la nuca. Y supo que esa tarde iba a darles algo que recordar siempre.
«Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero», me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas. Y tenía razón.
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.
Aquella noche volvimos al cuarto sin haber besado a nadie en el bar, y Camila me miró distinto cuando abrió la segunda botella de vino tinto.
Encendí la cámara una madrugada cualquiera y, sin saberlo, le abrí la puerta a la única mujer que aprendió a hacerme temblar a seiscientos kilómetros de distancia.
Bajé descalza por un vaso de agua y la encontré allí, con un vestido rojo que ninguna hija imaginaría en su madre. No volví a la habitación siendo la misma.
Contrataron al stripper como una broma. Pero cuando el prometido tocó la puerta a las tres de la mañana, la despedida se transformó en algo que ninguna olvidaría.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Bastó una frase en aquella terraza para que dejara de ser su amigo y pasara a ser su juguete. Lo que vino después no lo había imaginado ni en mis peores noches.
Damián nos vio entrar maquilladas y obedientes, levantó su copa y sonrió. Esa tarde íbamos a descubrir hasta dónde estábamos dispuestas a llegar las tres por complacerlo.