Convencí a mi marido para nuestro primer trío
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Sabía que quería tirármelo desde el primer mensaje. Lo que no sabía era hasta dónde iba a llegar mi marido cuando los tres cruzáramos la puerta del reservado.
Lucía nunca tuvo su despedida de vacaciones, y bastó una mirada al auxiliar de vuelo para que decidiera cobrársela antes de aterrizar de vuelta a casa.
Le elegí yo el vestido: blanco, ajustado y sin nada debajo. Quería que fuera la más deseada de la cena, y todavía no imaginaba hasta dónde nos llevaría esa noche.
Acepté por él, sin saber que cruzar esa puerta cambiaría la idea que yo tenía del placer. Esa noche dejé de ser solo suya.
Llevaba años guardando esa fantasía sin contársela ni a mi marido. Esa madrugada, en una casa que no era la mía, dejé de imaginarla y empecé a vivirla.
Estaba desnuda sobre el regazo de su novio, todavía agitada, cuando lo dijo con una media sonrisa: «Ya que nos hemos puesto… podríamos seguir». Nadie se esperaba eso de ella.
Marcos y Nadia solo lo habían hecho con nosotros. Esa noche, con los ojos vendados y los vecinos en camino, descubrirían hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Me levanté después de hacer el amor y, casi sin pensarlo, probé en mis dedos lo que él había dejado dentro de mí. Esa noche entendí hasta dónde quería llegar.
Tardé semanas en convencerlo, pero la noche que Damián llegó con una botella de cava entendí que mi marido llevaba tiempo deseando lo mismo que yo.
Me puse el vestido azul que Nadia eligió para mí, sin nada debajo, y subí a cubierta sabiendo que esa noche no habría una sola línea que no estuviera dispuesta a cruzar.
Vagábamos disfrazados de monjes cuando el bosque nos escupió frente a una posada de carnes generosas y vino sin fondo; lo que pasó dentro no cabe en penitencia.
Apenas cerré la puerta, una silueta pelirroja se colgó de mi cuello y me besó como si no hubiera pasado el tiempo. La bienvenida apenas empezaba.
Mariana se ajustó los tirantes frente al espejo mientras Esteban sonreía desde el sofá. Esa noche había invitado a alguien más, y no pensaba decírselo todavía.
Después de tantos años, una conversación sincera tras la cena bastó para que las dos parejas cruzáramos la línea que siempre habíamos rodeado sin atrevernos.
Bajé la voz para contarle cómo un austríaco me fotografió desnuda en la playa, sin imaginar que esa historia nos empujaría a vivir lo mismo las dos juntas.
Abrí la puerta de la habitación y lo primero que oí fue un gemido largo y el golpe de una cama contra la pared. No estábamos solos, y ninguno quiso frenar.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Acepté la cena sabiendo cómo terminaría. Lo que él no sabía era que cada caricia en la penumbra formaba parte de un plan que tracé antes de desnudarme.
Me fui enfadado a la cama por una tontería. Quince minutos después me desperté, escuché ruidos en el salón y lo que vi cambió todo entre las dos parejas.
La secretaria me desabotonó la blusa antes de entrar al despacho. Supe enseguida que esa reunión con el director no se parecería a ninguna otra.