Confesé lo que pasó esa tarde en casa del vecino
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Damián venía cada tres días; Adrián apareció el viernes con su moto. Esa semana descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Le dije que venía sudando, que necesitaba bañarme. Él me cargó hasta el sofá y me susurró que así, con mi aroma, le gustaba todavía más.
El zumbido del aire acondicionado era la banda sonora de su jaula dorada. Esa noche, una llanta reventada la dejó frente a tres desconocidos y al borde de lo que jamás se permitió desear.
Éramos cinco amigos y un pueblo junto al mar. Lo que empezó como una broma entre risas y cervezas se convirtió en el fin de semana que lo cambió todo entre nosotros.
Llevábamos años con una regla clara, pero aquella mañana entendí que renovar el contrato significaba subirme a la mesa de la notaría delante de todos.
Creí que dormía la noche que traje a esos dos hombres. Me equivoqué: nos vio. Y semanas después entró al baño, se sentó frente a mí y exigió saberlo todo.
Tardé dos semanas en admitir que quería que volviera a pasar. Y una madrugada, en vez de huir, me senté en aquella escalera y los esperé.
Cuando sentí su cuerpo contra mi espalda en la cocina, supe que no iba a poder resistirme. Lo que no sabía era que mi marido lo había planeado todo.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Abrí la puerta envuelta en una toalla, todavía mojada, convencida de que era un paquete. Era él, con un ramo en la mano y una sonrisa que no prometía nada inocente.
Llevábamos años de vecinos y apenas un «hola» de pasillo. Esa noche, cuando le puse mi suéter sobre los hombros, supe que ya no íbamos a fingir.
Mi hermana estaba en el extranjero y me tocó a mí asistir. Cuando mi sobrino me reclamó su regalo frente a sus amigos, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma.
Subimos a tender la ropa con cualquier pretexto. Entre los tanques de agua de la azotea descubrí que ella estaba tan impaciente como yo por dejar de fingir.
Cuando se abrió la puerta del ascensor y vi la del piso entornada, entendí que esta vez no habría reglas. Y una parte de mí lo estaba deseando desde hacía días.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.