Lo que pasó en el hotel de Sevilla no se lo conté a nadie
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Llevábamos meses rozándonos sin atrevernos a nada. Esa noche el alcohol borró el último límite y, en la penumbra de aquel cuarto, descubrimos hasta dónde podíamos llegar.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Me creía la reina del dormitorio, intocable y exigente. Entonces bajaste, me abriste las piernas y descubrí cuánto me gustaba obedecerte sin protestar.
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
Bajó descalza al pasillo sin pensarlo, con el vino todavía en la sangre y una certeza terrible: si nadie la tocaba esa noche, se rompería del todo.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.
Cuando le acerqué la segunda copa, sus dedos rozaron los míos más de la cuenta. El anillo de casada le pesaba demasiado para resultar inocente.
Hacía meses que su marido no la tocaba. Cuando el viejo del fondo le ofreció refrescarse en su piscina, ella supo lo que pasaría, y aun así empujó la reja.
Cuando me regaló la rosa y me besó casi en los labios fingiendo equivocarse, supe que al día siguiente, apenas mi marido cruzara la puerta, lo iba a hacer pasar.
Le confesé a un extraño de internet la fantasía que nunca me atreví a contar. No imaginé que un martes cualquiera, en el vagón lleno, decidiera cumplirla.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.
Él revolvía las gambas con el trasero al aire mientras unas manos que no eran las suyas me apretaban contra la encimera. Y ninguno de los dos pensaba parar.
Eran las cuatro de la madrugada, la carretera cortada por la nieve y yo llorando en una gasolinera. Entonces una voz grave me preguntó qué me pasaba.
Cuando levantaron el confinamiento, llevaba demasiado tiempo aguantando. Salí a la calle decidido a encontrar lo que necesitaba, sin imaginar que serían tres a la vez.
Cuando entendí que el regalo de mi hermana no incluía a mi marido, supe que tendría que contárselo. Lo que no supe prever fue su reacción esa noche.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.