Mi vecino virgen y el atajo entre los matorrales
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Le pedí prestada la bicicleta solo para tener una excusa. La verdad es que llevaba días pensando en cómo sería el primer hombre al que se la quitaría.
Todos la llamaban la chica fácil de la facultad. Yo solo quería que me explicara, sin vueltas ni vergüenza, cómo dar ese paso con mi novio sin terminar lastimada.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
El grito atravesó el patio interior y los vecinos con niños subieron el volumen del televisor. Sabían perfectamente lo que ocurría en el tercero izquierda.
«Bajá a las nueve. Bien duchado, depilado y sin ropa interior. Hoy te vamos a usar entre los dos.» Apagué el teléfono con las manos temblando y empecé a contar las horas.
Cuando vi que la camioneta se alejaba por el camino, mi cuerpo empezó a latir distinto. Sabía exactamente lo que iba a pasar apenas él y yo nos quedáramos solos en esa casa.
A las cuatro de la tarde estaba preciosa, recién maquillada frente al espejo. A las diez de la noche ya no quedaba nada de aquella nena perfecta, y me encantaba.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Yo era el más joven de un grupo de jubilados y la única persona que me interesaba era Valentina, la guía. Tardé dos cenas en descubrir lo que escondía.
Solo quería que ella jugara a mandar una noche. No imaginé que firmaría un contrato del que jamás podría salir, ni en quién terminaría convirtiéndome.
Vi mi propia cara en la pantalla de su teléfono, perdida entre los pelos de su torso, y entendí que aquella tarde en el sauna no había sido tan anónima como yo creía.
«Yo te ayudo», dijo Lorena antes de subir a cambiarse. Cuando bajó con esa falda entallada, ninguno de los dos imaginaba hasta dónde llegarían esa mañana.
Han pasado diez años desde que empecé a contarlo todo. Sigo en la misma casa, en el mismo pueblo, y mis dos hijos siguen volviendo cada noche a mi cama.
Mis viejos decían que esa vecina no era de fiar. Yo solo sabía que cada vez que la cruzaba en el ascensor me costaba respirar y no entendía por qué.
Me levanté del colchón con el culo dolorido mientras él seguía dormido. Llevaba un año esquivándolo, y esa madrugada terminé cediendo en su cama.
Iba a la oficina con el plug puesto y las medias bajo la ropa, soñando con lo que mi mujer me haría al volver. Esa noche, en el escenario, todo cambió.
Cuando salió al porche sin bañador, supe que la broma que llevábamos meses esquivando se había acabado. Aquella tarde dejamos de fingir que solo éramos amigos.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.