La transexual que encontré en el mercado de Saigón
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
Él sabía leer el miedo de cualquiera. Lo que no esperaba era que aquella travesti de vestido rojo le pidiera, en voz baja, que se lo quitara todo.
Creí que estaba sola cuando lo dejé salir por la puerta de atrás. No conté con que mi sobrino me había seguido la noche anterior y lo había visto todo.
Cruzó las piernas en la barra, se mordió los labios y dejó que el vestido subiera lo justo. Sabía que él bajaría a buscarla, y sabía bien qué iba a darle.
Me bajé descalza de la camioneta, en tanga, con las luces de algún coche lejano cruzando la carretera. Y supe que esa era la imagen que había venido a buscar.
A la mañana siguiente, Marta me miró por encima del café con una sonrisa que no era inocente. Había usado mi portátil. Lo sabía todo, y yo no tenía adónde esconderme.
Cada paso hacía tintinear los engranajes del corsé y dejaba ver el liguero. Esa noche ninguno de los dos pensaba salir de la fiesta como había entrado.
Apareció sin foto, con veintidós años en el perfil y una boca capaz de cualquier cosa. Después de la mamada me bloqueó. Pasó dos veces. A la tercera no quedaba nada que negarme.
Cuando el viejo me dijo «venite quince días y no preguntes nada», debí haberme negado. En cambio agarré el bolso y subí a la camioneta sin mirar atrás.
Subí esos escalones con el corazón a mil, sin imaginar que saldría del piso convertido en otra persona y con un nombre de mujer en los labios.
Bajo el uniforme de cajera escondía lencería carísima y un secreto que ningún pasajero del último colectivo llegaba a imaginar.
Lo cruzaba de vereda por instinto: cuarenta y dos años, brazos de obrero, manos negras de grasa. Hasta la noche en que le cebó un mate sin decir nada.
Hacía semanas que esas dos sombras la seguían a la distancia. Esa noche, en vez de apretar el paso, se dio vuelta y los esperó.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
Cinco amigos del jefe, una casa alquilada y una partida de póker. Diego sabía cómo iba a vestirme en cada pasada; lo que nadie sabía era cómo terminaría la noche.
Marco se marchó al amanecer y nos dejó la suite pagada dos semanas más. Romina me miró con el delineador en la mano y supo que yo no iba a volver a ser el de antes.
Dejé la ropa interior secándose a la vista, repartí mis juguetes por el departamento y esperé a que tocara el timbre. El resto fue cuestión de provocarlo.
Crucé miradas con el conductor por el retrovisor, vi el cordón amarillo balanceándose junto al espejo y supe que esa noche no terminaba en mi ducha.