La mujer madura de mi jefe me buscó en la playa
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Me dijo que si quería su culo me lo tendría que ganar. Lo que no esperaba era que apareciera en mi portal la noche de fin de año, con una maleta y una orden.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
Carmen creía conocer cada rincón de su casa, hasta que Marisol se sentó frente a ella y empezó a contarle, con la voz baja, todo lo que había hecho mientras ella no estaba.
Llevaba semanas mirándola de reojo en la escalera. La tarde que llegué a casa y la encontré en mi sofá, descubrí que el deseo no entiende de etiquetas.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Cerré los ojos, levanté el culo y esperé a oír su voz. No quería lencería ni coqueteos: solo encontrarme desnuda y lista para que cumpliera su promesa.
Lo deseé apenas lo vi en la vitrina. Esa misma noche decidí que un solo encuentro con un extraño bastaría para que fuera mío, y para descubrir hasta dónde llegaba mi deseo.
Faltaban dos horas para la videollamada y mi cuerpo ya temblaba. No iba a tocarme ni una vez; bastaba con que escribiera lo que tenía que hacerme a mí misma.
Tres días huyendo por el desierto la dejaron sin fuerzas. Cuando por fin encontró agua, un cañón de escopeta la apuntaba a la cara y una voz le exigió desnudarse.
Me miré al espejo, me mordí el labio y supe que esa foto traería consecuencias. No tardó ni tres minutos en aparecer la llave en mi cerradura.
Hay mañanas en que despierto mojada, con los pezones duros y un único pensamiento fijo. Empezó otra de mis semanas de celo y nadie en casa imagina lo que escondo.
Nadie sabía lo que llevaba debajo del pants gris. Hasta que una mano se posó en mi cadera y entendí que él sí lo había adivinado.
Le puse la máscara, di las órdenes y dejé que ella se entregara sin saber quién la tocaba. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado.
Salió al escenario con un vestido rojo y una voz imposible. No imaginaba que cantar tan bien sería la trampa con la que su productor la encerraría para siempre.
Subí al catamarán para perderme un rato del mundo. Nunca imaginé que terminaría desnuda, rodeada, y que sería yo quien no quería que parara.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.