Esa noche dejé que dos desconocidos me usaran
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Todavía tenía la cara manchada cuando me metí a la ducha. En menos de una hora iban a tocar el timbre, y yo ya estaba lista para entregarme otra vez.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Marqué el número que me dio en la ruta sin saber su nombre. En dos horas estaría en mi puerta, y yo ya me había puesto la peluca rubia y los tacones más altos.
Me arreglé como para una cita sin admitir que lo era. Cuando él abrió la puerta sin camisa, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Pensé que solo iban a apartar la nieve y se irían con un chocolate caliente. Pero cuando cerré la puerta del salón, sus miradas me dejaron claro que la tarde no había terminado.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
Hay confesiones que se quedan atoradas en la garganta. Esta es una de ellas, y te la cuento tal cual pasó: sin vergüenza, sin filtros y con una sonrisa enorme.
Dijo que era mi captor y no me dejaría salir de su cama. Cuando empezó a cocinar para mí, supe que el motín apenas estaba empezando.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Lorena me vistió como la mujer más deseada de la noche, me dijo al oído que ocho hombres esperaban y, por primera vez, no quise huir de lo que sentía.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.