Mi compañero de oficina sacó mi lado más sumiso
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Pensé que era solo un juego de mensajes a deshoras, hasta que una tarde cerró la puerta de mi oficina, apagó la luz y dejó de pedirme permiso.
Llevaba tres semanas divorciada y creía que ya no sabía desear. Esa primera noche en alta mar, un desconocido apoyado en la barra me demostró que estaba equivocada.
Marcos lo presentó como el hijo de un primo, de visita unos días. Pero Elena no tardó en notar la forma en que el muchacho la miraba cuando nadie más prestaba atención.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Llegábamos tarde a la academia cada mañana, pero jamás nos saltábamos ese ritual entre las sábanas. Hoy, por primera vez en semanas, era él quien me abría las piernas.
Llevaba tres semanas en la empresa cuando él se inclinó sobre la mesa y me dijo que tenía algo que llamaba la atención. Esa misma tarde lo seguí.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Cuando salió del dormitorio enfundada en aquel látex negro, con la coleta tirante y los tacones altos, supe que esa noche no íbamos a dormir temprano.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Pensé que iba a rogarle que guardara el secreto. No imaginé que cuando volviera al salón lo haría con una fusta en la mano y unas botas de tacón.
En el baño me esperaba un neceser con una nota: «ponte todo y enciéndelo». A partir de ese instante dejé de decidir sobre mi propio cuerpo.
Abrí los ojos y no reconocí la habitación: solo el peso de unas manos sobre mi piel y la certeza de que esa mañana pertenecía a otros.
Acepté ir a tomar un café con el novio de mi amiga. Cuando abrió la puerta de aquella habitación, entendí que no había ningún café esperándome.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Compré ese juguete casi por vergüenza, escondida tras una pantalla. No imaginé que el cuerpo que tanto odiaba terminaría enseñándome a quererme.
Vine a Buenos Aires a juntar unos pesos para mi familia. Nunca imaginé que la casa más linda del barrio iba a cambiarme la vida de la forma en que lo hizo.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Lo reconocí en cuanto se giró. Iba a ser mi profesor de gimnasia y, al primer roce de sus manos en mi espalda, supe que ese día no acababa allí.
Llevo media vida subiendo a la sierra solo, pero aquella mañana de octubre bajé con algo más que la cesta llena. Esto pasó de verdad y aún me cuesta creerlo.
Esa noche junto a la piscina creí que solo me esperaba un baile. No imaginé que Marina llevaba diez años guardando una promesa que iba a arrastrarnos a los dos.