La encargada del club y la travesti que la doblegó
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Pensé que todo había terminado cuando el director me pagó y me despidió. No imaginaba que la verdadera dueña de mi cuerpo era ella, la mujer del escritorio de al lado.
Acepté la cita vestida de mujer, sin saber que esa tarde en su auto decidiría todo lo que vendría después. Él solo me miró y dijo: «Vas a tener clientes».
Reía mis chistes, me tocaba el brazo, y yo creía tenerla en el bote. No imaginé que sería ella quien tomaría el control esa noche en la habitación del hotel.
Siempre me había dado morbo, pero nunca me había atrevido. Esa tarde, en el cuarto piso de un edificio cualquiera, dejé de imaginarlo y empecé a vivirlo.
Bastaba con balancearme en la silla para que la tela me apretara justo ahí. Y todavía me esperaba, sin leer, el capítulo que llevaba toda la semana imaginando.
Cerré la puerta del baño, abrí el agua caliente y, por primera vez, dejé que mis manos hicieran lo que llevaba años imaginando a oscuras.
Frente al hospital, un desconocido dejó caer una tarjeta y una frase que Catalina jamás olvidó: su criatura llegaría al mundo para convertirse en otra persona.
Creí que estaba solo entre los árboles, hasta que un crujido lo cambió todo y entendí cuánto deseaba que alguien me encontrara así, desnudo y entregado.
La ciudad entera se apagó esa tarde, y en el asiento de un autobús abarrotado descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Caminé toda la ciudad con su ropa interior puesta y su olor pegado a la piel, sabiendo que ella me imaginaba así. Y lo único que quería era otra orden suya.
Aquella mañana me rasuré las piernas, me puse las plataformas blancas y salí del auto sabiendo que toda la gente de la calle me iba a mirar. Y vaya que me miraron.
Trabajo desde casa, sola y aburrida, hasta que llega el paquete que lo cambia todo: copa G, perfectas, listas para que mi hombre las descubra con sus propias manos.
Llevaba puesto mi vestido favorito el día que esos dos hombres entendieron, sin que yo dijera una palabra, exactamente lo que estaba dispuesta a darles.
Estoy dentro de ella y mi mente ya está en otro lugar. No soy yo quien la está follando en mi cabeza. Siempre es el mismo desconocido.
El sol nos quemaba la piel desnuda mientras Damián me abría sin clemencia, y en el agua, a pocos metros, mi madre descubría que también ella tenía hambre.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.
Le quitó la ropa interior en el mirador, con la pareja al fondo de la playa. Luego le propuso la apuesta más excitante de su vida.
Llevaba meses guardando ese secreto. Pero cuando los pasos en la escalera rompieron el silencio, supe que todo había cambiado.