Mi lectora de Cali quería algo más que palabras
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Empezó como un correo de admiración por mis relatos. Terminó conmigo mirando sus fotos a escondidas, deseando cruzar un océano para tocarla una sola vez.
Acepté la cena pensando en una charla amable. Su hermana me miró desde el otro lado de la mesa como si ya supiera cómo iba a terminar todo.
Mi tía bajó la voz al contarme aquella tarde en casa de Pilar: la puerta quedó abierta a propósito, y ella no fue capaz de apartar la mirada de lo que ocurría dentro.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Lo que iba a ser un almuerzo cualquiera con un desconocido de internet terminó conmigo en su cama, mordiendo la almohada para no gritar.
Apenas lo conocía, pero el olor de su ropa tirada en el suelo me volvió loco. Y entonces, a través de la pared de piedra, empecé a oír todo lo que pasaba en su habitación.
Aquella tarde de enero, cuando ella me dijo que tenía dos turnos cancelados y la camilla libre, no imaginé que iba a salir de allí siendo otra mujer.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
Su familia cenaba en la mesa grande mientras él me cogía en el establo, con un ritmo desesperado, como si pudieran entrar en cualquier momento.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Llegué fingiendo preocupación por su gripe. Cuando me di vuelta para irme, su voz me detuvo con una pregunta que no esperaba escuchar de ella.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Don Salvador llevaba un mes en el edificio cuando lo descubrí escondiendo el teléfono. No vi lo que miraba, pero por su forma de tartamudear, lo imaginé enseguida.
En la pista la había enfrentado sin piedad; en los vestidores, con la medalla aún tibia sobre el pecho, solo quería volver a sentir sus brazos alrededor.
Cuando abrí la puerta, lo vi delgado y desgarbado, con las mejillas marcadas por el acné. Iba a ser la primera vez de los dos: para él en la cama, para mí en mucho tiempo.
Llegué al concierto esperando que él me llevara a la cama. No se me cruzó que sería su novia quien me arrastraría al baño después de la tercera canción.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.