Fingí ser virgen tres años para controlar a mi novio
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Historias reales contadas en primera persona
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Era julio, estaba arruinada y desesperada. Crucé el jardín de mi hermana buscando ayuda; mi sobrino me esperaba junto a la piscina con una sonrisa que no supe leer a tiempo.
Llevaba años imaginándolo, pero seguía siendo virgen de atrás. Aquella tarde de diciembre, en la habitación de un motel, por fin dejé que cruzara esa última frontera.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Me lo pedías en susurros, conteniendo la respiración mientras yo buscaba el lubricante. Y nunca te dije que yo esperaba esa madrugada tanto como tú.
Estaba secándome la espalda cuando la puerta se abrió de golpe. Ella me vio entero, se disculpó y salió corriendo. No imaginé que volvería a cruzármela esa misma mañana.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Bastó una traición y una noche con el hombre equivocado para que cambiara de idea para siempre.
A las tres de la madrugada ella seguía despierta, con la cabeza en mi brazo, esperando el momento exacto en que yo abriera los ojos para empezar.
Fui a su casa para que dejara en paz a mi pareja. Salí de allí sabiendo que volvería el domingo siguiente, y el otro, y todos los que vinieran.
Empezó como una fantasía que leíamos juntos de noche. Hoy es Daniel quien me abrocha los tacones antes de que llegue Bruno, y él lo prefiere así.
Llevaba cinco años acostándome con hombres y, de rodillas otra vez, hice la cuenta exacta de cuántos habían pasado por mi boca. Esa noche entendí que algo se había roto.
Había un único límite que Marisa nunca cruzaba, y yo había aprendido a respetarlo. Hasta que una mañana, desayunando, se me ocurrió la manera de saltármelo sin que ella sufriera.
Llevaba el chantaje de mi ex en el móvil y la cuenta del bufete en la cabeza. Cuando él vio los vídeos y sonrió, supe que aquella minuta no iba a pagarse con dinero.
La rabia la empujó a bajarse del auto en plena carretera. Lo que no imaginó fue que terminaría la noche en la cabina de un camionero al que acababa de conocer.
Bajé pensando que pararía en cualquier momento. Que diría basta, que esto no iba conmigo. A los quince minutos gritaba justo lo contrario.
Se lo había negado durante meses. Esa noche, en una habitación de hotel que olía a desinfectante barato, decidí que dejaría de decirle que no.
La reconocí en la barra por su forma de moverse. Era la chica de mi exjugador, la que animaba detrás del banquillo, y esa noche ya no había nadie que la sujetara.