Lo que hacía con el guarda en el tren vacío
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Historias reales contadas en primera persona
Trabajaba mientras la ciudad dormía encerrada, y el único momento mío era ese vagón vacío. Hasta que él dejó de pedirme el permiso y empezó a pedirme otra cosa.
Llevábamos meses rozándonos con la mirada en el juzgado. Aquella tarde de feria, entre dos coches y lejos de todos, dejamos de fingir que no pasaba nada.
Apreté el último tornillo, le di la vuelta y supe que algo había salido mal. Lo que no imaginé fue cómo terminaría aquella siesta frustrada.
Tres meses después de la separación, Mariela apareció en mi puerta con la misma sonrisa de siempre. Lo que no esperaba era lo que estaba dispuesta a dejarme hacer esa mañana.
Lo invité a un café sabiendo que no era un café lo que quería. A los cincuenta, Raquel descubrió que la culpa nunca había podido con sus ganas.
No recuerdo sus nombres, pero llevo años sin poder olvidar sus caras. Ni sus cuerpos. Y sobre todo no me perdono haber disfrutado tanto de aquella noche.
Diez minutos antes de las seis guardé los papeles, retoqué mi lápiz labial rojo y conduje hasta el motel donde él me esperaba con una orden muy precisa de mi marido.
Llevo meses bajo llave, sin derecho a tocarme. Esa noche ella me sentó en el suelo y me ordenó mirar cómo otro hombre la hacía gozar como yo nunca pude.
Lo veía entrenar cada mañana y fingía no mirarlo. Hasta que un día me acerqué, y esa decisión me llevó a la noche más intensa de toda mi vida.
Cada vez que salía de aquel piso se juraba que era la última vez. Y al día siguiente volvía con la falda más corta, lista para complacerlo otra vez.
Lo tenía sentado en bata frente a mi mesa, todavía sudado, y yo solo pensaba en lo que habíamos hecho esa tarde mientras mi hijo comía a mi lado.
Tengo 46 años y nunca le conté esto a nadie. Entré sola a un taller sin salida, acepté la primera cerveza y dejé de pensar en volver a casa.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
Lo espié por la ventana mientras se tocaba creyendo que nadie lo veía. Al día siguiente bajé con la excusa de usar la bicicleta, y no pensaba irme sin probarlo.
Estaba sola en el césped, bajo la sombra, con unas piernas que me hicieron olvidar el libro. No imaginé hasta dónde llegaríamos antes de despedirnos.
Llevaba semanas soñando con esa tarde, pero nada me preparó para la primera orden que me diste apenas cerraste la puerta detrás de mí.
Mientras tú dormías la borrachera en la habitación, yo bajaba descalza por el pasillo del hotel para descubrir en sus brazos lo que tú ya no podías darme.
Llevábamos días hablándolo en susurros, pero ninguno de los dos imaginaba lo lejos que íbamos a llegar esa noche.
Nadie sospecha de la mujer respetable que finjo ser de día. Solo tú sabes lo que susurro cuando volvemos a quedar a solas, copa en mano.