Me convertí en la mujer sumisa que mi esposa engañaba
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
Historias reales contadas en primera persona
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
Cuando las luces se apagaron y quedamos suspendidos en lo más alto, mi prima dejó de fingir inocencia y me dijo exactamente lo que quería hacerme.
El vaivén del autobús nos pegó tanto que su mano quedó justo donde no debía, y ninguno de los dos hizo nada por evitarlo.
Llevaba dos años sin vestirme. Entonces encontré la llave de la habitación que la dueña me pidió no abrir, y dentro estaba todo lo que necesitaba.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
Creía que llevábamos cinco años perfectos, hasta que entró en aquel local y eligió algo que dejaba claro que mi cuerpo ya no le bastaba.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Trabajábamos en el mismo edificio y bastó un roce en el ascensor para que entendiera que estaba a punto de perder algo que creía intocable: mi voluntad.