Aquella noche descubrí cómo se sentía un orgasmo
Tenía dieciséis años, la casa en silencio y una palabra anotada en el margen del cuaderno desde hacía meses. Esa noche, por fin, cerré la puerta con llave.
Historias reales contadas en primera persona
Tenía dieciséis años, la casa en silencio y una palabra anotada en el margen del cuaderno desde hacía meses. Esa noche, por fin, cerré la puerta con llave.
Caro tenía seis años más que yo, una vida que parecía perfecta y un secreto que pensaba llevarse a la tumba. Esa noche decidió que ya no podía más.
Entré al correo hace media hora, con las piernas ya inquietas. Quería saber cuántos se habían tocado pensando en mí. Fueron más de los que imaginaba.
Todo empezó por una foto en el teléfono. Diez días después no puedo levantarme sin pensar en el momento del día en que voy a meterme mano otra vez.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Cuando bajó la ventanilla y escuché su voz, los cinco años de no vernos se borraron de golpe y supe que iba a subir sin preguntarle adónde íbamos.
Llevaba toda la cena sin bragas, sabiendo lo que me hacía. Cuando vio el callejón vacío, levantó apenas la falda roja y se apoyó en la pared sin decir nada.
A los diez años mi madre entendió antes que yo quién era. Veinte años después miro mi cuerpo en el espejo y por fin reconozco a la mujer que siempre fui.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
Subí al dormitorio con un vaso de agua fresca y me lo encontré desnudo sobre la escalera. Carraspeé para avisar que estaba allí, pero él se giró sin prisa.
Cuando abrió la puerta de un golpe, con el rímel corrido y el vestido arrugado, supe que esa noche había pasado algo que lo iba a cambiar todo entre nosotros.
Cuando sonó el teléfono fijo aquella tarde, jamás pensé que esa llamada me llevaría a un hotel del centro, a dos hombres deseándome y a una versión de mí que no conocía.
Baltasar olió la tensión en cuanto el chico le pidió que lo llevara. No buscaba charla: buscaba lo mismo que él, y los dos lo supieron sin decir una palabra.
Nadie imaginó que una botella de vodka vacía, girando sobre la alfombra de un salón, bastaría para borrar todas las líneas que separaban a tres parejas.
Mi vida sexual se había vuelto predecible, así que esa noche le escribí a mi follamigo una propuesta que ninguno de los dos imaginó hasta dónde nos llevaría.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Tomó mi mano sobre la mesa de la cocina, me miró fijo y dijo lo que llevaba semanas pensando. Yo solo atiné a levantarme y caminar en círculos.
Llevaba años recibiendo mensajes sin sustancia, hasta que una pareja joven me escribió pidiendo algo concreto: que yo tomara el control de los dos durante toda una tarde.
Pensé que era una cena entre viejos amigos. No imaginé que el secreto que mi marido guardaba desde el colegio terminaría con los tres en la misma cama.
Llevo media vida subiendo a la sierra solo, pero aquella mañana de octubre bajé con algo más que la cesta llena. Esto pasó de verdad y aún me cuesta creerlo.